La vida siempre tiende a espesarse. Y cada pastosidad nos deja paralizados como si la fluidez y la ligereza fuesen cualidades añejas. Un exabrupto, que amaga sentimientos arraigados, rupturas unilaterales, delirios paranoicos que se depositan como una daga en nosotros, acontecimientos inesperados, desmanes, instrumentalizaciones sutiles, …
Los períodos en los que parece que no se puede continuar con ese vaivén grácil, pero imprescindible para seguir queriendo la vida, porque la cargazón nos entorpece como una borrachera excesiva, necesitamos hallar estrategias para desembarazarnos de lo que propiamente no debe impedirnos levantarnos y desear, seguir existiendo como si cada día fuese el último.
Obviamente, ni es fácil apercibirnos del sometimiento al que nos vemos abocados ni dirimir la manera de desembarazarnos. El riesgo es quedarnos embriagados de sentimientos turbulentos que nublen la posibilidad de entender qué nos pasa y el porqué. El único escudo sea, tal vez, la capacidad de un análisis con finura, un reconocimiento reflexivo de la tormenta emocional que se ha desatado y darnos el tiempo necesario para que el remolino se disipe, y podamos volver a respirar con esa cadencia tranquila que denota que cuanto hay vuelve a fluir.
Así vivimos, rezumando risas, llantos, dolores, alegrías y el deseo de continuar mientras no se agote lo necesario para existir.
