¿Qué es la estabilidad?

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Quien pretende alcanzar lo que denominamos estabilidad, se desliza por una marea ingrata, contra la que lucha, fracasando. Tal vez, sea el problema nuestra noción de lo estable. No cabe, en estos tiempos, aferrarse a una inmutabilidad que ya no nos es propia. Por el contrario, se ajustaría más a la experiencia individual y colectiva entender por estable aquello que en un devaneo continuo no provoca la caída. Llegamos por tensión de los acontecimientos a esas olas que suavemente nos mecen de un lado al otro, logrando un equilibrio que nos permite existir con cierta satisfacción.

Y, mientras, los días trascurren como una diversidad de colores con muchos matices, a veces imperceptibles; más oscuros, menos, más claros, menos, siempre transitando de la luminosidad a las tinieblas, sin que todo dependa de nosotros. La actitud es nuestra disposición a afrontar lo que venga, pero ni siempre podemos pulirla, ni el grado de oscuridad de lo que acontece es siempre igual. Ese es el mismo devaneo del que hablábamos, y que nos iría bien aceptar para no sufrir más de lo necesario.

Por otra parte, si habitásemos lugares inmóviles, sin tiempo ni acontecer, lo más genuino del humano se disiparía, convirtiéndonos en esas máquinas humanoides que tanto nos esforzamos en perfeccionar. Ser humano consiste en la búsqueda insatisfecha de algo que no sabemos qué ni cómo es, y eso exige tambaleo, movilidad y esa suerte de tránsitos por los toboganes del existir, que tanto odiamos en algunos momentos, pero sin los que estaríamos muertos, antes incluso de que llegase la muerte.

La conciencia de ser un humano, con lo que ese animal comporta, es el punto de inflexión a partir del cual podemos crear y recrearnos en la vida.

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