El cansancio no es una anomalía.

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El cansancio va erosionando cuanto somos. El descanso es siempre relativo, ya que las arrugas que nos pincela la vida son el mejor testimonio de cuánto esfuerzo, tesón y sufrimiento nos ha costado llegar hasta aquí. Por expresarlo de otra manera, es como si el cansancio instalado fuese casi estructural, y repararlo no es posible.

Por ello, porque somos agotamiento incrustado en el cuerpo lo que aprendemos es a vivir con él. Cambian nuestros hábitos, a veces nuestras preferencias, para que el cómo vivimos responda fielmente a quienes vamos siendo en ese proceso.

No obstante, hay quien se siente tan perforado por ese cansancio profundo que, como una losa, cae para no volver a levantarse, ni a respirar. Ha optado por el descanso absoluto que implica no ser, o ser materia inerte.

Quienes juzgan las reacciones de los otros ante las aventuras y desventuras de la existencia, como si se hallasen en un púlpito que les otorga la verdad, creo que son seres que no han vivido con profundidad. Asocian sensibilidad con debilidad, y se elevan por encima de los que por su autolisis denominan cobardes. ¡Qué poco saben del existir humano!

El gran vividor[1] que fue Nietzsche en su Zaratustra afirmaba:

«Un cansancio que quiere llegar de un salto a lo último, un pobre cansancio que ya ni siquiera quiere querer: eso creó todos los trasmundos pacíficos»[2]

Es decir, hay otra opción para soportar la vida que es creer en que tras la muerte hay un mundo perfecto, y que el sufrimiento en este mundo nos hace merecedores de acceder a ese transmundo. No deja de ser una huida ante el pavor que produce la realidad.

Como expresaba nítidamente Freud, cada cual busca los lenitivos que le permiten soportar lo que se les antoja insoportable, y ahí se situarían esos transmundos de los que habla Nietzsche.

Así, Nietzsche entiende que el dolor y el cansancio vencidos son, para él, el motor del verdadero conocimiento y del autodescubrimiento. Y quien ceja ante el sufrimiento, renuncia a vivir.

Vemos, en consecuencia, que el cansancio es propio de la fisiología humana y que nos afecta como cuerpos en su totalidad, llevándonos al pesimismo. Ahora bien, si somos capaces de escucharlo y tomar medidas para nuestra propia cura, estaremos afirmando nuestro querer vivir, y hacerlo de la manera más auténtica, que es la que profundamente nos permite desear nuevamente la vida, a pesar de las adversidades que nos atraviesan.


[1] Lo califico de “vividor” en el sentido de que “sabe vivir” y “vivió profunda y alegremente” sin que eso implique, por supuesto, que no bregó con el dolor como todo humano, aunque le miró de frente y no se achicó, sino que, como situaciones que él relata, llegó a carcajearse de él.

[2] Nietzsche, F. Así habló Zaratustra (1883), en la primera parte, sección «De los trasmundanos».

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