Hoy es un gran día y puede ser el preludio de días mejores, aún. El Sr. Trump ha sido castigado por el electorado, perdiendo la mayoría en el Senado y el Congreso, advirtiéndole de que su “política” y su forma de actuar, como si dios se hubiese vuelto a encarnar, es rechazada por los ciudadanos norteamericanos. Las guerras iniciadas y las que ha apoyado, desestabilizando el panorama mundial, su política de persecución del inmigrante -como supuesto causante de los males del país- su restricción del derecho de manifestación, no permitiendo ningún gesto de apoyo al pueblo palestino, su gran inversión militar y una política exterior -el arancel desmedido de turno- han provocado subidas del petróleo y sus derivados que ahogan a ciudadanos en un país en el que es imprescindible el coche. Los agricultores que se quedan sin mano de obra -proveniente de México, normalmente- y no pudiendo asumir el coste del gasoil, se sienten despreciados cuando entienden que ellos aportan lo fundamental al país: alimentos. Y, creo que hay que entender, un presidente que se erige como un líder autocrático, que exige veneración, por su narcisismo patológico, y que dice y se desdice durante el mismo día al menos un par de veces, hable de lo que hable, careciendo de fiabilidad.
Es un gran día porque a pesar de las grietas de las democracias, el pueblo brasileño ha dicho no a un gobierno en sintonía con Trump, el pueblo serbio ha encumbrado a la victoria a la candidatura -no vinculada a ningún partido político- de estudiantes, y de forma extensiva a los que se oponían al hacer autocrático del presidente saliente. Ver, ayer, cómo muchos jóvenes se dedicaban a limpiar las calles, pintadas en las paredes, mostraba esa convicción de que el poder es del pueblo y, en consecuencia, también la responsabilidad de cuidar lo común. Ah, y no hay que olvidar el cambio de equilibrios en el parlamento israelí, donde los partidos árabes han aumentado su apoyo por parte de la ciudadanía.
Ahora, toca esperar a ver qué sucede en el estado español, pero siendo el resultado el que sea, hay una insurgencia de los ciudadanos en muchos países que se niegan a perder derechos, que protestan por las condiciones de vida y que evidencian los grandes desequilibrios que están generándose por políticas neoliberales que responden a intereses particulares -ni siquiera a menudo a los principios del mismo liberalismo-. La estructura capitalista es causa de desigualdades, pero priorizar en política la voluntad y satisfacción de los lobbies que tienen de facto el poder y la riqueza está destrozando la posibilidad de convivir en sociedad.
Las democracias hay que salvarlas, pero esto no se garantiza con un partido gobernante que no sea autocrático. La imaginación al poder, que decían en mayo de 68, es ahora una necesidad para repensar en qué condiciones puede darse una democracia, que no sea solo un sistema de gobierno, sino que implique a cada ciudadano, y que desde cada uno se pueda construir eso que se ha denominado voluntad popular, que siempre ha sido la de una mayoría -a veces poco contundente-. La participación ciudadana desde los barrios, las ciudades, podría cristalizar en que las políticas que se lleven a cabo respondan a necesidades claras de la ciudadanía, y no a entelequias que nada tienen que ver con los problemas comunes o comunitarios.
No hay que obviar que la geopolítica marca las políticas y decisiones de los estados, que siendo miembros de organismos internacionales que deberían velar por ese bien común olvidado, se están viendo obligados a aplicar políticas, por ejemplo, de rearme, que no responden ni a la voluntad ciudadana ni a la prioridad del estado. La interdependencia de unos con otros, y de los que poseen más poder económico sobre los que menos, marca las políticas que ya no pueden casi diferenciarse entre interior y exterior, ya que esta última condiciona la primera.
Sin embargo, hay enfermedades que pueden paliarse desde dentro. Quizás una de las más graves es la nula separación de poderes. Aunque sea esta condición necesaria para que haya un estado de derecho, el poder ejecutivo y los partidos políticos en general con más representación ocupan mucho de su tiempo en buscar aliados dentro del poder judicial e introducir a los que son de su onda política. Oír que un juez es más conservador, que otro es más progresista y asimilarlos, en España, por ejemplo, al PSOE o al PP, es una auténtica vergüenza que responde a lo que hay de facto. Mientras el poder judicial no tenga la voluntad de mantener su independencia, no habrá democracia. ¿No merecen condenas más severas, sin permisos, los políticos corruptos, los que haciendo dejación de sus funciones han permitido que tenga lugar una tragedia, los que siendo hombre o mujeres asesinan a sus parejas, los que violan, los que matan? ¿depende de su ideología el que la justicia se demore años en juzgarlo, o que por el contrario se aceleren las causas? Haciendo que los últimos sean los primeros.
¿Quién va a repensar la democracia y a trasladar propuestas de planteamientos novedosos que sean valorados, y aprobados o no, por el Congreso de los diputados? Se necesita un giro copernicano, la cuestión es si esto es una constatación extendida y como tal se intentará llevarlo a cabo, o seguiremos con más de lo mismo.
