El espectáculo esperpéntico que Trump y el vicepresidente de EE. UU. le organizaron ayer al presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, merece unas palabras de repulsa sin tapujos. No recuerdo que en ninguna ocasión una negociación, y menos tras una guerra de tres años, se haya llevado a cabo en directo y con la prensa convocada.
Autor: Ana de Lacalle
Ya no deseo la muerte. Se disipó ese impulso «tanático» que ha sido mi más fiel compañía, esa que me llevaba paradójicamente a no matarme, por saber que podía hacerlo -como decía Cioran-. Hay quien dice que el deseo nunca se extingue, sino que cambia de objeto. Personalmente, dudo que el deseo de morir no
El aleteo de la escritura se vuelve, con el tiempo, fluido, emancipador y fuente de liviandad. Esclavos de las expectativas e imposturas sociales podíamos -e incluso nuestra misma exigencia de ser válidos- desnortarnos con facilidad de qué razones movieron nuestro gesto escritural desde el principio, por qué y para qué o quién escribíamos, y escribimos.
“Una gran superioridad intelectual aísla más que cualquier otra cosa y provoca un odio encubierto, Lo contrario es lo que hace tan universalmente queridos a los tontos”[1] Este fragmento de Schopenhauer, uno de los filósofos que más ha influido en mi forma de ver el mundo -uno de ellos, esto es importante-, hay que situarlo
Se dice que la soledad es sentirse solo, aunque no se esté solo. Sin embargo, la auténtica y cruda soledad es sentirse solo porque se está solo, y estar solo significa que nadie espera si vuelves o no nunca, que nadie nota tu ausencia porque no se notaba tu presencia, eras indiferencia, estado neutro que
Las palabras se abortan en el intento de forjarlas porque carecen de la capacidad de retener algo significativo sin que reste disuelto en su careo con lo real. Así, dotados de lenguaje como una herramienta falsaría, elevamos castillos en el aire, o en el mar, …para poder seguir creyendo que controlamos el “suelo que pisamos”.
Estallan todas las llamas serpenteando súbitamente por el interior del cuerpo, y el ardor provoca un grito desorbitado, no de dolor, sino de rabia, de ira que solo podrá ser descargada cuando todo acabe. Es el fuego de la muerte que ha traspasado la epidermis y no es una posibilidad que tendrá lugar, sino que
Estamos bajo el influjo de mucha presión: la forma de vida “normalizada” con las condiciones para subsistir rígidas que exigen una dedicación al mantenimiento del sistema extremo; los medios de comunicación filtrándonos los sucesos del planeta; las redes sociales en las que acabamos implicando, sin demasiada conciencia, nuestra mismísima persona y la autovaloración oscilante que,
IMAGEN: el-grito-3-1983-oswaldo-guayasamin Tengo un amigo que repite, a menudo, que escribir es su síntoma -en sentido lacaniano- [1], es decir, es la forma de lidiar con lo no dicho, lo nodal diría, que el lenguaje ha dejado atrás en su fijarse en el cuerpo de cada uno, y construirnos como sujetos sociales. Eso que no
La muerte nos deja en silencio. No hay decir para quien ya no está. Nosotros podemos proferir compulsivamente palabras, encadenarlas, subordinarlas posteriormente, pero si no hay un Otro que se ve atravesado por nuestro lenguaje, solo resta nada. Estos discursos que lanzamos al viento entre lagrimones, angustia e incomprensión son para nosotros, y para los









