La generosidad nunca es consciente de sí misma.
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El frío entorno hibernal venga, acaso, a aliviar el bochorno ambiental que nos asfixia.
Resta atascado un grito imposible, una rabia impensable, y un horizonte desaparecido.
El desván donde alojamos la negritud de los días, habitado por amplias telarañas y polvo sólido, no deja de existir tras esa puerta blindada.
Un tabú, o estimula un deseo o esconde un miedo
Si el amanecer no acontece, revisa tu estado vital.
Percibir el sosiego de otro, casi propio, estimula el descanso anhelado en el diván de la conciencia.
Caemos en la tentación de todo cuanto excita nuestros apetitos, especialmente si nos hallamos huérfanos de algo que estimule la aprehensión de algún sentido o razón de todo esto.
En ocasiones, queremos compartir y expresar lo inefable, rebelándonos contra la evidencia de la propia soledad.
Los grandes demagogos, como líderes populares, han derivado siempre en decepcionantes farsantes.