Un reproche es el saldo de una exigencia impuesta al otro, que expresa la convicción de ser sujeto de prerrogativas, para enmascarar la propia carencia y necesidad.
Hay pálpitos que alertan, desde una prudencia temerosa, de lo errado y fallido. Algunos restan subsumidos al pavor y petrificados; otros se empoderan, ante la ventaja que concede el aviso, y hacen de la necesidad virtud, o en otros términos exprimen lo benéfico de lo inevitable.
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Hoy, todo se muestra diverso, indefinible y posible por impostura social. Esa multiplicidad conduce a la anomia falazmente ya que en lo relevante y decisivo lo reglamentado es rígido y parcial. Así, quizás esa elástica tolerancia –que en cuanto ilimitada no es más que indiferencia- es la capa aparente que genera una sensación subjetiva de
Los pliegues de la piel amagan experiencias que haciéndose incisivos delinean un rostro propio. Cada concavidad una caída y cada convexidad un resurgir de las cenizas; finalmente una expresión facial con idiosincrasia, que delata la proporción de vida contenida en la existencia.
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Sin espesa oscuridad, no hay lucidez posible.
La generación actual, aquellos jóvenes que heredarán como adultos el destino de Occidente, se caracteriza entre otros muchos rasgos, por la provisionalidad y la reacción –en lugar de la acción, remitiéndonos a la distinción nietzscheana- La provisionalidad porque, habiendo aprehendido la terrible corruptibilidad de todo cuanto hay, se instalan en un suceder indefinible hasta que
No sabemos más que languidecer ante el absurdo acontecer que muta abruptamente, sin que logremos hallar una explicación atinada. Acabamos siendo títeres sometidos a una espiral que nos centrifuga el sentido. Así, es harto difícil reponerse y tensar los hilos para que todo devenga una linealidad comprensible.