El ateo no concibe un dios y no puede creer en lo inconcebible. El creyente no puede inteligir desmembrando el dios en que cree.
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Dedicar páginas a pensar e indagar sobre lo que sea o no Dios, ¿no es un ejercicio baldío que en algún caso nos lleva a no sentirnos dignos y en otros a contemplar el cielo como si ya viviéramos en el limbo? Acaso seamos humanos antes, y tras ello busquemos lo divino o lo eterno.
No es mérito alguno preguntarse por la historia que aún nos queda por escribir y augurar un estrecho margen por el que parece que pueden derivar, principalmente, los acontecimientos. Como ya advirtió Yeats[1]: “(…) después de nuestros versos Después de todo nuestro tenue color Y nuestro ritmo nervioso… ¿Qué más es
Ciertamente si hay Dios no tenemos perdón. Y si tenemos perdón no hay justicia. Y si no hay justicia ¿cómo vamos a reconocer a ningún Dios?
Creer es el acto de desamparo por excelencia.