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No es mérito alguno preguntarse por la historia que aún nos queda por escribir y augurar un estrecho margen por el que parece que pueden derivar, principalmente, los acontecimientos. Como ya advirtió Yeats[1]:

            “(…) después de nuestros versos

            Después de todo nuestro tenue color

            Y nuestro ritmo nervioso…

            ¿Qué más es posible?

            Después de nosotros el Dios Salvaje”

La metáfora de matar a Dios o tal vez convertirlo en una bestia salvaje, para algunos puede resultar indiferente. No obstante, para otros sea tal vez devastadora la creencia de que nuestra maldad no es de hecho una evidencia de la falta de valores sustentados en un Dios Bueno que hayamos interiorizado y que orienten y dinamicen nuestra voluntad, sino la metamorfosis  de Dios en un no-Dios, en todo lo que no es Él, en el anti-Dios, en un Dios Salvaje.

 Por eso quizás, debamos agradecer a Nietzsche que, al fin y al cabo, fuera más compasivo que Yeats (algo más tardío que el filósofo alemán), y puestos a cuestionar la soberanía divina hagámoslo porque la cultura exige su defunción, desembarazándonos de fantasmas vengativos que nos remiten al Estado de Naturaleza.

[1] Lectura crítica de la literatura americana.T.III.SaulSosnowski