El día amaneció nauseabundo, emergiendo con la resistencia de no querer alborear, como si fuese posible prescindir de una jornada que quedó manchada de sangre, alaridos y terror. Ya no puede haber más que un once de marzo bajo el sol, ese que provoca la regurgitación de un dolor inmensurable. Ese del que solo pueden
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Socavones que van profundizando por doquier, más hondo cada vez; clavándose como dagas iracundas que, como objetos, operan, pero no actúan. Así se expande ese virus regulado por las leyes darwinianas de la supervivencia, con una eficacia inusual. Supinamente inteligente a su modo, el microscópico ser se acomoda y aprovecha la ineptitud o falta de

