La fragmentación de la filosofía

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Enfatizar el Reconocimiento como la actividad principal que debe -junto con otras no menos necesarias formuladas por otros compañeros- desempeñar la filosofía exige entender que no nos encontramos ante los tradicionales sistemas dadores de un sentido total.  La fragmentación provocada por la globalización y la diversidad  cultural e individual no es, a mi entender, por sí misma un “mal” que deba ser combatido. Por el contrario, es la evidencia de  una heterogeneidad humana que lindaría con el salvajismo si pretendiéramos exterminarla.  Así, la filosofía debe intentar responder a los retos de cada época, no exactamente con soluciones mágicas o salvífico-redentoras, sino con reflexiones que enraizadas en los avatares del momento permitan existir como ente de ese espacio-tiempo, aunque los pueda trascender mentalmente.

Por tanto, la filosofía puede presentarse fragmentada en cuanto ponga el énfasis en distintos aspectos o actitudes imprescindibles, pero siempre intentando una unidad implícita en la que el sujeto es agente de sí mismo, del mundo, asume su responsabilidad y se enfrenta a esa realidad sin tapujos. Establecemos, pues, que hay visiones de la filosofía contrapuestas, como no podría ser de otra forma. Pero no admitimos, para que nadie se llame a engaño, que el hecho de modificar el complemento que califica a una filosofía necesariamente conlleve su oposición a otra; antes bien, dos propuestas filosóficas diferentes pueden nutrirse e implicarse mutuamente, y ahí reside precisamente la riqueza de esta filosofía fragmentada en la que cabe identificar los entresijos que hilan la unidad del discurso común y orientado en el mismo sentido.

El Reconocimiento es un acto que tiene su punto de partida con el sujeto moderno cartesiano y cuya evolución ha permitido alcanzar un primer estadio del proceso como es el reconocimiento del sí mismo. Como afirmábamos en el artículo anterior[1] si reconocer es una actualización enraizada en la existencia, el primer eslabón será ese autoconocimiento que haga posible el reconocimiento de lo propio y lo apropiado. Esto considerando que el sujeto como ser en el mundo e inmerso en el tiempo se verá modificado por él. Pero algo debe haber que, a pesar de la decrepitud interna y externa, haga que seamos capaces de reconocernos, nunca eso sí, como resultado de un automatismo perceptivo, como calificaba Shklovski, o reconocimiento de lo mismo, sino como una visión y un extrañamiento.

Abordaremos en el siguiente post con más profundidad esa primera fase del RECONOCIMIENTO

[1] Ver “Reconocimiento y Visión” entrada del blog del 19-8-2016

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