Guerras, irracionalidad y barbarie.

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La situación bélica actual es, quizás, la más grave desde la II Guerra Mundial. Se ha puesto en entredicho -no es la primera vez- la eficacia para obligar a su cumplimiento de la Carta de las Naciones Unidas, que aspiraba a ser el marco internacional que dirimiera lo que podía considerarse lícito y lo que no. Se ha dinamitado por completo ese acuerdo entre ciento noventa y tres naciones, desde la invasión de Rusia de Ucrania, pasando por el genocidio de Israel en Palestina -que continua-, y el ataque conjunto de Israel y Estados Unidos a Irán, y del primero sobre Líbano, que aspira a repetir su apropiación por la fuerza de ese territorio, al igual que ha hecho con Palestina. Ni que decir la de estados que se han visto implicados por la contienda con Irán.

Hay varios elementos que deberían reconsiderarse para hacer frente a esta crisis que muchos han visto como la antesala a la III guerra mundial:

  • El papel que está jugando el presidente de EUA del que se ha dicho que posee una demencia y que habría que incapacitarlo porque no puede tener poder sobre el potencial armamentístico que posee su país. Una muestra de este estado mental serían la serie de declaraciones o de mensajes digitales mediante los que afirma una cuestión que contradice un breve tiempo después -horas-. Esto genera una situación de incertidumbre y una percepción bastante verídica de que no tiene criterio para tomar decisiones, sino que parece depender de su estado anímico, su delirio y su autopercepción. La cuestión es muy seria, aunque no se toman medidas urgentes, porque la estabilidad bélica global depende de un personaje que no está capacitado para tomar decisiones de ese calado. Con otros mandatarios se puede estar de acuerdo o no -el terrible y sanguinario Netanyahu- pero sostiene una coherencia en su toma de decisiones -aunque constituyan un exterminio de otros pueblos-. A tipos como este debería perseguirlos con decisión la ONU, al igual que a Putin, que movidos por su afán imperialista arrasan con los que deciden que es suyo.
  • Occidente parece erigirse, más allá de la ONU, en el poder legítimo que otorga o no el derecho a poseer una bomba atómica y otras armas nucleares. El criterio de fondo en el que se basan es de naturaleza económica y geoestratégica, aunque si tuviésemos que identificar un elemento neutral y justo, seguramente concluiríamos que mientras se admitan internacionalmente este tipo de armamento, todo estado soberano puede poseerlo con la misma legitimidad. En lugar de apostar por el desarme nuclear y que ningún estado posea este tipo de armas tan letales y con consecuencias para generaciones venideras, se “decide” quién sí y quién no. Además de esta controversia añeja hay que añadir ahora el armamento que el desarrollo tecnológico ha creado, como drones que consiguen acotar mucho el objetivo, aunque este sea la población civil. Parece kafkiano -porque lo deseable sería el desarme- pero hay que reglamentar el uso del armamento de última generación y recuperar el principio de que nunca puede ser objetivo la población civil. Es admitir que la guerra debe librarse entre los ejércitos, sin implicar a los civiles, como si en los ejércitos no hubiese individuos que mueren también masacrados.
  • El uso que se hace del terrorismo consiste en que el bando opuesto es terrorista, curiosa acepción que utilizan sin pudor alguno Isarael y Estados Unidos. Pensemos que los grupúsculos terroristas emergen en estados, situándose al margen de la ley y utilizando una violencia letal e indiscriminada contra la población, pero que tienen un propósito político, aunque no estemos de acuerdo con el fin y los medios que utilizan. O puede coincidirse en el fin y no en los medios. Así, ataques terroristas no son los de los enemigos de X, sino los de estos grupos que no tienen o no deberían tener el apoyo de ningún estado. Paradójicamente, cuando se indaga en el origen de muchos de ellos siempre hay estados que los financian de forma oculta; bien porque al atacar a su propio país, legitiman sus actuaciones contra otros estados, o bien para menoscabar la estabilidad de estados que actúan impunemente contra la población de la que ha surgido la organización terrorista. El hecho de denominar terrorista a un determinado grupo parece que legitima a ese estado a atacar a aquellos en los que ha emergido, los que supuestamente lo apoyan, y en definitiva se utiliza como una carta blanca para hacer lo que un estado considera apropiado, al margen de si se ajusta o no a la Carta de Naciones Unidas. De esto hay ejemplos sobrados en este siglo y finales del anterior.
  • Los intereses económicos -que no aparecen en cuarto lugar por ser menores- que pivotan alrededor del petróleo y los minerales raros, son un puntal en las disputas políticas y las consiguientes guerras. Se utiliza como defensa, el caso de Irán con el estrecho de Ormuz, y acaba provocando que haya quien se considere el arbitro neutral para regularizar el uso y el tráfico de petróleo -crucial para la economía mundial- aunque sorprendentemente sea quien ha iniciado la contienda y se halla, como no puede ser de otra manera, implicado hasta el cuello en ella.
  • El dominio geopolítico y los supuestos equilibrios llevan a crear bandos, más o menos explícitos, que constituyen un riesgo mundial. En estos momentos, lo que EUA consideraba un frente común, se ha dividido progresivamente desmarcándose de las acciones que éste llevaba a cabo. Aún hay que ver en qué deriva estas divisiones.

Sin la pretensión de hacer un análisis exhaustivo, he considerado interesante destacar el rol crucial de mandatarios que lideran un estado de forma dictatorial porque estos nos remiten a otros que nos ha dejado a su paso la historia y que no fueron destacados como evidentes peligros en su momento: Hitler, Mussolini, ….destaco sobre todos los que tuvieron un papel crucial a nivel mundial, y cómo posteriormente se ha analizado su personalidad y se ha constatado que, tal vez, su estado mental no les capacitaba para dirigir un estado. Ahora sabemos más que antes. Los casos de Trump y Netanyahu deberían ser cuestionados desde sus propios estados – de facto ya lo están por una parte importante de la población- y, además, que internacionalmente se pudiera actuar para expulsar de su cargo a personajes que no están habilitados mentalmente para semejante responsabilidad. Si lo estuviesen, deberían poder ser detenidos por alguna instancia internacional, ya que las órdenes de búsqueda y captura de poco sirven mientras siguen ejerciendo el poder.

Subsanado este escollo nuclear, habría que reiniciar las relaciones entre los estados y resituar las voluntades para la cooperación.

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