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En el diálogo que se ha ido estableciendo, a trancas y barrancas, entre la “nueva educación” y, por supuestamente contraria, la educación tradicional –que muy bien no sabemos hasta cuándo se remonta- la crispación ha ido en aumento. Unos porque creen haber descubierto “algo” infalible y otros porque sintiéndose absolutamente cuestionados en lo que hacen, y en lo que hicieron sus ancestros, adoptan una actitud defensiva que les proteja de tanto menosprecio.

Analizar cada una de las perspectivas exige un libro escrito con rigurosidad y capacidad de análisis que desvele sobre todo implícitos que hacen de ideas que sostiene cada postura principios falaces, en especial los que creyendo que una revolución metodológica es la clave parten de supuestos idílicos.

Como en toda oposición van apareciendo por el camino asuntos que parecen colaterales, pero que entiendo son tal vez anteriores a esta disputa y en la que ciertamente no toda la comunidad educativa estaría de acuerdo.  Una de ellas sería:  si el profesor se considera un educador o un enseñante de su materia.

Debemos reconocer que los cambios vertiginosos que ha ido experimentando la sociedad,  no solo a nivel tecnológico sino en la composición de las familias, en los hábitos y formas de vida ha ido acrecentando la importancia de la escuela, hasta tal punto que todo aquello que parece una nueva necesidad educativa, porque antes no se tenía en cuenta o porque es un elemento nuevo en la vida social, debe asumirlo y educarlo la escuela. Esta exigencia social evidencia una impotencia de la estructura familiar, que se muestra quebradiza, y de la sociedad que vapuleada por los medios de comunicación y las TIC, no saben cómo proteger a los niños y garantizarles una educación con cierta coherencia. La inercia que se ha implantado es que los socorra la institución más recurrida y a la vez más cuestionada. Pero paradójicamente, lo descrito es un indicador de que parece ser que la sociedad confía que si alguien educa aquí, esa es la escuela. En ese sentido un profesor está considerado y se le exige que sea un educador y de hecho, si todos pensamos en el día a día, nos es imposible ejercer como enseñantes de una materia sin educar actitudes simultáneamente, por la sencilla razón de que no podríamos ni impartir la clase, sea con la metodología que sea.

Puede ser que no obstante haya quien desee solo ser enseñante. Me temo que ese espacio debe haber quedado relegado a la educación de adultos, y lo digo desde mi desconocimiento absoluto de ese campo, o a la Universidad.

Por otra parte, supongo que es más fácil visualizar desde determinadas materias cómo eres ciertamente un educador y no un enseñante. Los conocimientos deben fluir con pasión para afectar directamente al ámbito emocional del alumno. Desde el momento en que las emociones profesor-alumno fluyen aunque sean licuadas a través de un saber que se ha convertido en apasionante, ahí se está produciendo algo decisivo: el profesor se está convirtiendo en alguien capaz de conducir hacia, de orientar, de educar y esa responsabilidad no la puede eludir quien ha “atrapado” a los alumnos con su pasión por la vida.

Así se convierte uno en educador sin quererlo, cuando siente cómo los alumnos le siguen le preguntan, le buscan con la mirada y siente que ahí se ha forjado un vínculo que va más allá de la materia que impartes.

Además hay profesores que se sienten y se quieren educadores porque esa es su vocación. Lo cual no implica que la materia a la que dedicaste años de estudio pase a segundo plano. Creo que esto es un error. Decirle a un profesor que no se forme más en lo suyo, que ya sabe, me parece para llorar y no parar. Recordemos que la materia es medio educativo y fin de aprendizaje. Si mi saber es estático mi pasión por lo que es de mi interés se desvanece y toda la cadena descrita anteriormente se rompe. La pasión del profesor por lo que enseña requiere de un estudio y preparación continua y eso hay muy pocas persones en el mundo educativo que se den cuenta. Puedes usar metodologías milagrosas, pero si no hay pasión sostenida por un nutrirse continuo, el proceso de aprendizaje está amenazado de muerte.

En definitiva, deberíamos superar la dicotomía artificial que se está radicalizando,  aunque yo no creo que el hombre sea bueno por naturaleza, así que soy realista. Manteniendo este realismo no dejemos que aquello que parece colateral y que no lo es, se nos escape, como el hecho de que si el profesor se siente un educador mejor, porque de hecho es lo que se le exige social y profesionalmente. Y, por último este educador necesita no solo de didáctica sino nutrirse de su disciplina para que el fulgor por lo que enseña siga vivo y pueda  contagiar a los alumnos, siendo el incentivo que estimulará la motivación de los alumnos y la relación educativa.