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Convertirse en una persona de éxito y prestigio implica ser un rapaz con el único criterio de decir sí a todo ofrecimiento por parte de los jefes, que implique un cierto reconocimiento y ascenso en la escala del poder. Estamos, pues, reflexionando sobre lo que no es políticamente correcto explicitar y que como mucho debe quedar recluido en las divagaciones nocturnas, cuando los individuos intentan conciliar el sueño. Y esto porque está claro que toda empresa o institución tiene su relato en cuanto a sus formas de proceder y sus fines, más aun cuando no se trata de instituciones con afán de lucro. En estas últimas, insinuar que alguien se mueve por afán de figurar, de poder, o de “tener cargos” es algo casi herético, aunque verídico.

Si a esta ambición le añadimos los criterios por los que una institución puede elegir a los cargos medios, nos podemos encontrar con equipos fieles, sumisos a la autoridad, incapaces y sin criterio propio para tomar decisiones en situaciones que requieren algo más que aplicar normas rígidas. La verticalidad se impone como una dirección autoritaria, sin que necesariamente las formas sean esas, pero sí, lo es el fondo y el resultado.

No se puede pretender dotar a una institución de un cierto aire democrático en sus bases si los cargos medios no tienen la capacidad de gestionar la diversidad de situaciones que se producen, en diálogo con el personal y aplicando la normativa desde el sentido común. Solo así el equipo de trabajo se siente implicado en las decisiones y no siente el ejercicio del poder como una espada de Damocles que acabará decapitándole tarde o temprano.