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Hay días que amanecen raros, cuando aún es de noche y hasta los árboles de hojas caídas dormitan silenciosos en el parque oscuro. No hay rastro de vida más allá de la habitación, del sonido al teclear, indicio claro de que algún alguien, que debo ser yo, aporrea el aparato al ritmo que aparecen las letras en pantalla. Obviedad, nada obvia si solo reconozco mis pensamientos zigzagueando inquietos, pero carezco de conciencia de tener delante de mí, y de mis manos ordenador que pueda teclear. Ahí reside, aparte del amanecer nocturno, la primera rareza del día. Pero como me hallo aún en un estado poco despejado, fingiré que mis manos han sido artífices de lo escrito en la pantalla y que mis pensamientos eran justo estos que van quedando reflejados, aunque yo esté en este momento haciendo mis necesidades biológicas en el cuarto de baño. Como además no sé qué voy a encontrarme escrito en el ordenador cuando vuelva ante él, lo leeré con atención para poder dar cuenta de ello como si fuera propio, no sea que la noche se haga día de verdad, alguien descubra el escrito y me demande alguna aclaración sobre su contenido.

¡Diossssss! Olvidé por un bendito momento que soy tetrapléjico y que tengo el mundo conectado a mí.