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Ser incautos nos hace vulnerables al capricho de malas voluntades, que juguetean con su objeto deseado cosificándolo y anulando su dignidad. Así, la mala voluntad deshumaniza al sujeto que la encarna en cuanto solo quiere el mal, y al objeto que será víctima de ese deseo. El argumento es diáfano: los humanos, como seres paradójicos, queremos el bien y el mal. Quien solo tiene voluntad para el mal es un ser mutilado y degenerado que ya no es propiamente humano, aunque parezca serlo.