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Afirmar que el hombre sigue debatiéndose como lo hacía en el origen de la filosofía –madre de todas las ciencias- no es una regresión melancólica. Sino una aguda y veraz mirada al hilo conductor que  atraviesa toda actividad de conocimiento.

Esto es: el devaneo entre lo aparente y lo real persiste en toda cuestión última que sea abordada por la disciplinas cognitivas. Aún no hemos superado esa distinción que, siendo humana, debe manifestar una limitación propia de nuestra condición. Manejamos y nos enfrentamos a un mundo que se nos presenta como falto de autenticidad, porque la complejidad que captamos nos impide explicarlo. Necesitamos reducir y simplificar esta hipermanifestación en una expresión contenida, donde solo tenga cabida lo uno, y lo otro como reflejo se funda para contribuir a la claridad de lo simple. Es así como, a través de un proceso de reducción por igualación de lo que hay, somos capaces de encontrar explicaciones de un mundo múltiple y complejo, y creemos que hemos trascendido lo aparente alcanzando lo real. Aunque tal vez esa realidad no sea más que un constructo desviado de lo que se da.

Esta manera de proceder sigue vigente tanto en el proceder científico como en nuestra cotidianidad y nuestra autoconciencia cuando exige respuestas existenciales.

De esta forma la realidad se transforma en el ideal que forjamos como intangible para compensar la intransigencia del mundo tangible.