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Restar impávida ante los avatares ajenos es una virtud, para nada menor que la de  serenar los propios. Nos convertimos en tránsfugas de la vida adoptando diversos roles y paradójicos, que subvierten como necesidad para fijar su propia identidad. Algo así como soy en relación a ti lo que tú eres en relación a mí, y seamos realistas es más clarificador definir al otro para de forma complementaria extraer la propia identidad.

Así fluctuamos impertérritos con la convicción de que hay estertores que no nos pertenecen.