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Hay una pregunta que, a menudo se tacha de infantil y, se ventila con un respuesta no más veraz que la posibilidad por la que demanda la propia pregunta: ¿si hay vida después de la muerte cómo se explica que nunca un ser inmortal haya establecido contacto con un ser querido? ¿qué los seres queridos que se van en condiciones muy dramáticas no se comuniquen con los suyos? De hecho, ¿Cómo no hay una red de comunicaciones sobrecargada entre vivos e inmortales? Que nadie me venga por favor con la historia de que es otra dimensión y no pueden –para eso ya tuvimos Matrix- o que no lo hacen porque el mérito es vivir sin saber qué pasará, ¿mérito para qué, si seré igualmente inmortal?

Dejémonos de supuestos infantiles para intentar justificar-que no conseguirlo- una creencia que responde al miedo que tenemos a la muerte de los otros y a la propia. El miedo que tenemos al final no feliz. Y recordemos que pocas de las preguntas infantiles son banales.