Veinte años

Ahora que cuentas veinte años en los que, como poetizó Daniel Izquierdo, accediste a la vida por la palabra antes que por la experiencia, se te antoja deshacer las contradicciones de un vivir anticipado.

Quien al año dispone ya del don del lenguaje  corretea ágil por los recovecos vetados a los infantes, se rebela, se reivindica y acaba teniendo acceso, por avidez de conocer, a lo que no se le apropia.

Pero tú, que camaleónicamente impostabas aquello que absorbías has sido un lince experimentado de lo ajeno.

Ahora que ya son veinte los años que manejas te encuentras, por fin, rebuscando en esa interioridad aplazada, con la necesidad de resolverte.

Una existencia de intensidad y profundidad encomiables. Un esfuerzo constante por vencer el miedo básico y universal al desamparo, una lucha por la autonomía y la confianza. Una tensión por crecer en el sentido propio.

Sometido a la elasticidad de una exigencia tiránica que se descarga paradójicamente como menosprecio o exceso de valor, y un “yo” cuyo acervo te permite conservar la claridad.

Tu deambular, aunque titubeante, siempre ha sido lúcido.

¿Qué más puede haber hecho alguien a los veinte años?

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