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Toda cuestión política y socialmente controvertida acaba siendo excluida del debate público. Ese es el destino común del conflicto. Por eso un “gobierno hábil” solo debe armarse de paciencia y esperar a que la tensión aminore por aburrimiento y ninguneo, y en el momento crucial se dispare otro acontecimiento que despeje el anterior. Los conflictos acaban perdiendo fuelle y formando parte de una lista de agravios que en cuanto fueron resueltos por disolución no contienen esa carga de agresividad y cabreo inicial. Por ello se da el caso que gobiernos con una trayectoria de corrupción digna del libro de los récords Guinness, se mantiene en el poder, con algún titubeo pero afianzándose después ante la incredulidad de la ciudadanía que no se explica quién los ha votado (algo así como ocurre con Trump en EEUU).

Y es que corren otros tiempos. La tolerancia que se da en el Estado español con la corrupción política y empresarial parece inexplicable. Solo caben dos posibles respuestas: que las redes de implicación sean inéditamente extensas, cosa improbable, o que existan razones difíciles de identificar que lleven a una parte de la ciudadanía española a apostar por un partido de corte tradicional, que parece garantizar una especie de orden añejo que proporciona seguridad ante el caos que representan para ellos otras opciones políticas.

De esta forma, estaríamos admitiendo que ante la posibilidad de un cambio en el sistema –si es que esto realmente se produjera con otras fuerzas políticas en el poder- los fantasmas del pasado reviven parcialmente para provocar un cierto miedo y una prevención que lleva a un sector considerable de ciudadanos a aquello de “más vale malo conocido que bueno por conocer”

Lo más lamentable sea tal vez, que los derechos sociales y laborales mermados durante la crisis parecen, con estos resultados electorales, avalados por los mismos ciudadanos, con lo que se auto-condenan a una explotación, que muchos no habíamos ni conocido y, de la que va a ser difícil salir. Jóvenes y adultos con sueldos que no les permite mantenerse, por lo que deben convivir y compartir piso, o alquilar habitaciones para cubrir los gatos del mes. Familias que trabajando ambos, padre y madre, no pueden sufragar los gastos mínimos. Por no mencionar la cantidad de ciudadanos anclados en el ostracismo del paro sin esperanza alguna.

Pero, como decíamos al principio, el escozor de esta herida, que atraviesa horizontalmente la sociedad, se acaba disipando y convivimos con ella como parte de la naturaleza social –claro está los que no sufrimos el problema- por lo que otros menesteres pasan a ocupar nuestras prioridades y a olvidar lo terriblemente urgente que siempre es lo más importante.