Etiquetas

, , , , ,

Se dice que en las discotecas para adolescentes –denominadas de 16 a 18- se lleva el reguetón para poder “restregar la cebolleta”, expresión coloquial de los protagonistas que acuden al bailoteo. Ellas – o muchas-  ven normal que ellos encajen cadera con cadera por detrás sin previo aviso, y hayan abandonado la caducada y cortesía y cursilería de preguntar: ¿Quieres bailar? No perciben acoso, ni derribo en esa atropellada sintonía de caderas, ni de las manos varoniles  de un desconocido en “su” pelvis. Unos “reguetean”, otros observan excitados, el alcohol circula -¡son menores!- Insisto el alcohol y los porros circulan, no puedo dar fe de alguna sustancia más. La bebida prohibida en el interior, el cannabis en la puerta.

Entre tal confusión de identidades: yo soy un pene sin cerebro, yo un objeto sexual, parece que casi nada hemos avanzado en la lucha por la igualdad de derechos que pasa en primer lugar por tratarnos como personas.

Desnaturalizados, es decir ataviados con los filtros más agresivos de los moldes sociales y culturales, cada uno sigue ejerciendo el rol sexual de la forma más cruda y despersonalizada. Después podemos discutir sobre la violencia de género y lo que debería hacerla escuela que no hace. Para que el fin de semana los absorban estos esplendidos centros de desarrollo personal y los destrocen.

A la salida, solo hay emociones encontradas, dispersas, imágenes vagas que más vale disolver en el alcohol y metabolizarlo para recordar lo menos posible. O, acaso, optar por no volver.