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La belleza puede ser mera estética formal al uso, es decir sensibilidad moldeada culturalmente, o por el contrario ética del ser.

Cuando nuestros maestros los griegos fusionaban lo Bello con lo Bueno solo puede ser entendido como unión del deber ser, con el ser. La belleza, el máximo esplendor del humano se daba en esta confluencia entre lo que uno era, y lo que era moralmente deseable.

Así, hay que situar la idea de que Ética y Estética sean, en última instancia, una y la misma cosa. Esta concepción traducida en los cuentos de hadas no hay que interpretarla como que el bueno es además el guapo, y el feo es además el malo (si la justicia fuese eso, quizás legitimaríamos la maldad del feo) La clave sea, acaso, captar que es la bondad la que se refleja en el bondadoso, provocando esa apariencia bella, y la maldad la que genera destellos de fealdad. Lo que vemos en cada uno no es más que su alma, aunque obviamente quede representada a través de su apariencia física, ya que no conocemos otra determinación que puedan adoptar los humanos.

Desde esta perspectiva hay que leer otros cuentos o fábulas que de manera más explícita han sostenido, posteriormente, el mensaje de que la belleza está en el corazón.

Cierto es que hoy en día, la disociación Ética/Estética es pareja a la que se produce con la Política. Vivimos tiempos de disgregación y atomización del conocimiento porque las nuevas tecnologías contribuyen a la confusión y al poder económico le interesan cerebros parcializados. Así, mientras que la ética es un asunto que acostumbramos a relegar al ámbito de lo privado –como si no tuviera repercusiones públicas- la estética forma parte de ese mundo superfluo, banal y consumista que nos esclaviza.

Ahora bien, si queda algún espacio que pueda transmitir una experiencia de belleza no necesariamente vinculada a lo bonito y que eleve al individuo más allá de la liquidez de un mundo sin sustancia, ese espacio es el Arte. Necesitaremos, pues, algún criterio para establecer, sin miedo a herir la sensibilidad del individuo, que cualquier expresión del mundo interno no constituye Arte.