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El cáncer es sin duda la enfermedad de finales del S.XX y principios del S.XXI. Su extensión, virulencia y mortandad la han convertido en la principal causa de muerte natural. Esta verdad reconocida, que muchos intuíamos aunque solo fuera  por una burda inducción de los casos que directamente afectaban a los allegados, y a los conocidos de estos, y al hecho de no conocer individuo que no estuviera directa o indirectamente afectado por casos, debe ser tratada desde una perspectiva científica y social por cuanto podríamos llegar a desvelar que en esa naturalidad del cáncer hay mucho de artificialidad.

De hecho, no afirmamos nada nuevo ni excéntrico si decimos que la forma de vida fruto del avance científico-tecnológico ha propiciado esta epidemia –si se me permite- en los países más desarrollados. Luego, debemos reconocer que hay mucho de artificial en esas alteraciones celulares que desatan el caos.

De alguna manera, es como el paralelismo simbólico de un mundo desnortado por las leyes del capitalismo salvaje que opera en nuestro interior como si lo hubiéramos absorbido y se rige por patrones antinaturales, lo que nos va desviviendo poco a poco.

Como causa principal de muerte no natural encontramos el suicidio. Factor que también se ha intentado eludir, como la preponderancia del cáncer, acaso porque cuestiona nuevamente el modelo de Sociedad occidental que tan productiva resulta para algunos. La autolisis es la explosión psíquica de quien no puede seguir soportando una vida, que no es digna de ser vivida. Cuando este suceso es tan recurrente debemos empezar a plantearnos que no solo intervienen factores individuales sino que el entorno está ejerciendo un influjo notable en estos acontecimientos, que destacan en un determinado tipo de sociedades.

Así, curiosamente cáncer y suicidio, el caos orgánico y el mental, propiciados como factor coadyuvante por la mejor sociedad posible, espejean con intensidad las contradicciones del denominado progreso humano.