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La primera vez de un acontecimiento vital acostumbra a ser único. Acaso el tiempo lo diluya y prevalezcan momentos posteriores, o tal vez esa primigenia ocasión se incruste en las membranas de la memoria sin que motivo alguno pueda desbancarlo.

Ese debut, en nuevas experiencias, no es nítidamente fruto de la elección. Los elementos que configuran la coyuntura son aquí especialmente destacables. Lo cual no garantiza que esa intrusión en lo desconocido sea positiva, y de este resultado dependerá la herencia que deje en el futuro.

Las malas experiencias, en este sentido, suelen vincularse a hechos que tal vez dependieron de nosotros mismos o a personas que merecen ser olvidadas. Si la causa fue nuestra torpeza inexperta deberíamos ser tan benévolos como ignorantes éramos en aquel entonces. Nuestro deseo de iniciar adecuadamente un trabajo o un encargo que alguien que confía pone en nuestras manos, nos puede llevar a una presión que nos traicione y resuelva nuestra capacidad en desastre. Por otra parte las experiencias frustradas a causa de otra persona tienen que ver normalmente con engaños, mentiras o imposturas que no somos capaces de detectar hasta que no hemos dado más de lo adecuado para no ser dañados. Solo cabe curar la herida e intentar olvidar a quien no merece ser recordado, aunque son estas experiencias las que se incrustan más cruelmente en la memoria y se vuelven insustituibles.

Podemos haber sido esa persona que ha depositado excesiva responsabilidad en alguien que por lealtad se ha resquebrajado. O aquella otra que  ha espoleado desde lo más hondo, con cierta frivolidad inoportuna, a quien apostaba firme desde el principio.

Como en cualquier aspecto humano, somos candidatos a convertirnos en verdugos o víctimas, aunque nuestra tendencia sea siempre reconocernos en la víctima para aparecer intachables moralmente.