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El Estado Islámico ha vuelto a cometer un acto terrorista atroz –alguien entenderá que es una acción bélica- en Irak, arrasando con al menos ochenta y ocho víctimas, entre ellos civiles, y alrededor de noventa heridos. Forman parte de esa cotidianidad lejana que casi obtiene la misma notoriedad que los anuncios, momentos en los que nos organizamos en familia los pequeños detalles del día siguiente. Estamos ciertamente inmunizados ante el dolor ajeno que se cronifica y del que prescindimos, quizás por impotencia o incapacidad de computar tanto desastre humanitario. Ahora somos más sensibles al huracán Irma que a las bombas y metralletas que siguen despedazando cabezas en zonas malditas. No damos para más.

Aunque el tono de estas letras pueda ser agrio y tedioso, no es sino una constatación de cuánto mal, cuánta tragedia, cuánto exterminio humano, podemos soportar en nuestras conciencias, seamos o no implicados directos. Se analice como sea, nuestro cerebro se bloquea ante tanto cúmulo de información monstruosa que no tiene vías por las que circular, abotargado ya, se protege antes de que se produzca una incisión irreversible. No estamos programados para esto, esa es tal vez lo único que nos inclina a pensar que “algo se nos ha ido delas manos”.