Falsar y verificar la vida

Sabemos que la verificación científica de una hipótesis no es posible, ya que tan solo acumulamos, en definitiva, datos estadísticos a partir de los cuales asumimos riesgos. Estos pueden ir acotándose con más base empírica pero nunca eliminando por completo. En consecuencia, al igual que en el campo científico en otras disciplinas los humanos estamos más orientados a detectar falsedades que verdades.

Es un hecho curioso porque puede tener, al menos, dos explicaciones: una que sea más factible encontrar los datos que falsan una hipótesis o enunciado. Y la otra que por naturaleza social desarrollamos habilidades para la impostura que nos facilitan identificar lo falaz con más rapidez que lo verdadero.

Sumergidos en la vida social, hay que ser un buen falsacionista para no caer en trampas ajenas, y dejar el verificacionismo  para las relaciones más próximas, que tal vez exijan una intensa mirada a los ojos para desvelar el grado de sinceridad que no otras estrategias.

Algo debe haber de esa tendencia hacia la maldad de la que Hobbes nos alertaba, más que del “buenismo rousseauniano”

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