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“…solo aquel que está marcado por la legitimidad empírica siente la necesidad de liberarse de ella. La causalidad es entendida, reconocida y establecida por la libertad. El criminal no reconoce la causalidad, quiere quebrantarla: quiere quedar libre de repente, por ejemplo, de una joroba de una cojera: en tan escasa medida reconoce el hecho. Solo el criminal espera el milagro desde afuera; el hombre moral se avergonzaría del milagro desde fuera, pues entonces seguramente sería pasivo. Así, todos los beatos son criminales”

Otto Weininger, Sobre las últimas cosas

Asumir la libertad implica aceptar primero la factididad del acontecer, y segundo que éste se halla encadenado por una concatenación causal que depende de nuestra acción, y por ende de nuestra decisión y libertad. Quien desea que lo que lo constriñe sea aniquilado fulminantemente por “algo” proveniente no de nuestra acción y de lo empírico, es un hombre que no asume su responsabilidad y su libertad y por tanto no debe ser denominado moral, sino inmoral diríamos nosotros aunque el autor, por contexto, lo denomine criminal. DE ahí, que los beatos los que ceden su capacidad de decisión y acción a la voluntad divina no sean más que criminales, u hombres que no asumen su auténtica condición moral, podríamos entender.