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La imagen de una niña menuda, que justo empieza a andar y que se expresa con gestos y sonidos, apostada en el borde de un sofá, dando órdenes a cuantos la contemplan; nunca satisfecha va modificando lo demandado al cabo de un instante, aparte de remitirnos a un contexto de abuelos, tíos, y padres primerizos con la baba inundando en parqué, y una futura pequeña tirana, puede funcionar en nuestra mente como la reminiscencia de esa posición de infante que se aferra a exigir la deuda que contrajeron con él, y que no está dispuesto a perdonar. Quedando atrapado en un círculo enfermizo en la medida en que esas pretensiones las puede proyectar ahí donde carecen de absoluto sentido.