La tempestad filosófica. Nietzsche

“Un filósofo: es un hombre que constantemente vive, ve, oye,  sospecha, espera, sueña cosas extraordinarias; alguien al que sus propios pensamientos le golpean como desde fuera, como desde arriba y desde abajo, constituyendo su especie peculiar de acontecimientos y rayos; acaso él mismo sea una tormenta que camina grávida de nuevos rayos; un hombre fatal, rodeado siempre de truenos y gruñidos y aullidos y  acontecimientos  inquietantes. Un filósofo: ay, un ser que con frecuencia huye se sí mismo, que con frecuencia tiene miedo de sí, pero que es demasiado curioso para no “volver a sí” una y otra vez…”

Nietzsche, Más allá del bien y el mal, afor.292, Ediciones Orbis, Barcelona 1983

Si como algún profesional de la venta de libros ha afirmado “La Filosofía cura. Herramientas para el bienestar del alma y el mundo”, no ha pretendido más que seguir produciendo hijos en papel como conejos para su propia autocomplacencia. Afirmamos esto, siguiendo la estela nietzscheana del aforismo expuesto, según el cual el filósofo es –en contraposición a lo que pretende Torralba- un hombre continuamente azotado por doquier, incluso por él mismo; alguien que sea tal vez una tempestad ávido de zarandeos y devenires turbadores, porque aunque intente huir de sí mismo es excesivamente inquisitivo para eludir ese retorno ansiado,  en el fondo de su actitud vital.

Así, la filosofía no tiene por objeto ni la supuesta “curación”, ni tan solo la felicidad, porque en el S.XXI quizás ya no aspiremos a ideales fracasados, sino a condiciones de vida dignas que nos permitan vivir con profundidad lo que de bello y bueno aflora espontáneamente en lo cotidiano, ya que nos sentimos destinados a masticar el fracaso de la humanidad en su ansia por un progreso equivocado. Nos resta la capacidad de disfrutar de los sucesos más sencillos e imprevistos con los que nos tropezamos y que despiertan nuestro asombro e incertidumbre.

En este sentido, recomiendo la lectura de un libro de Oriol Quintana, “Filosofía para una vida peor”, porque sea quizás más orientativo de lo que debe suponer la actividad filosófica en el quehacer humano, una “vida peor” porque esté embadurnada de más veracidad.

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