Fuga imposible

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“No me estoy enterando de nada” fue la sentencia con la que abandonó su estado onírico y se incorporó a una vigilia cansada. Desconocía si era un reproche contra el disfraz de relato ficticio que adoptaba el sentido latente de sus pesadillas, o por el contrario un lamento por su incapacidad de comprender.  Sea como fuere, mientras se deleitaba a sorbos con el primer café, no podía desprenderse de cierta sensación de enojo. Tal vez, por el insomnio que le producían sus reiteradas pesadillas, o porque sus intentos de indagar y desvelar qué tormenta mental experimentaba eran vanos. El dormir se había metamorfoseado de un estado plácido, de desconexión y fuga, a breves periodos de agitación turbulenta, y ese abrupto giro parecía una premonición de que iba a emerger el monstruo que temía albergar dentro de sí, o quizás el ser enclenque y desvencijado que en realidad era. Lo que se le antojaba claro y nítido era que de lo único de lo que no se puede huir, es de uno mismo.

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