Ludopatía, la adicción ignorada

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Previsiblemente, en breve, constataremos el aumento de consultas a psicólogos y psiquiatras por personas que o bien se han hundido en la ludopatía, o bien sus familiares perciben que han sucumbido, aunque ellos aun no puedan reconocerlo. Y esto, nada más y nada menos, que  por el aluvión propagandístico que, tanto los medios de comunicación convencionales como internet, están desarrollando sin regulación que se lo impida, de las apuestas futbolísticas –escandaloso- y de bingos y otros juegos de azar que se catapultan como la solución a los apuros económicos o al afán de tener más.

Una sociedad hipócrita e incongruente que nos dice, por  un lado, que reciclemos los residuos porque nuestros pulmones lo notarán – ¡Válgame Dios! Qué manipulación del efecto del reciclaje en el deterioro del medio ambiente en comparación con las emisiones industriales, vehículos, aviones, y obviaré elementos fundamentales porque no soy ninguna experta, pero tampoco imbécil- y por otro, nos tienden una telaraña urdida con premeditación y alevosía para que los individuos más propensos arruinen su vida y la de sus familias, por un trastorno de la conducta que si se diese, sería en este momento un repunte de origen político-social. El cinismo es crispante si recordamos que continuamente nos dicen qué debemos o no hacer: no fumar, no consumir alcohol –aunque de forma más ambigua- conducir en determinadas condiciones, protegernos del calor en verano profiriendo avisos incluso mediante altavoces en el metropolitano –prevenciones para lelos-, no consumir drogas,… ¿Me podrían decir qué diferencia existe entre la adicción  al juego y otras en relación al bien de los ciudadanos? Seguramente que de momento, hasta que no se genere más escándalo social, muchos se están embolsando dinero supuestamente legal.

La cuestión está empezando a agitarse y tenemos desde el ejemplo de Bélgica que ha prohibido la publicidad de juegos de azar, a la de otros países que se han planteado su regulación. Como todo y trágicamente, cuando lleguen las medidas respecto de esta estimulación de la impulsión al juego, será tarde, muy tarde para muchas personas y sus familias que ya habrán sentido el dolor del tranvía arrollándolos. Entonces, incluso estigmatizaremos a los que se han enredado en esa fina red casi imperceptible, como viciosos; y harán falta campañas para concienciar a la población de que la ludopatía es un trastorno mental y de la conducta; y proliferarán los reality show, a los que acudirán personas explicando su vida, para volver a engrosar los bolsillos de los medios de comunicación que se han beneficiado de todo: su promoción y su prohibición posteriormente.

Así, cuando hoy hablamos de resistencia, no es más que de la capacidad del individuo de no doblegarse a los influjos mediáticos, políticos y económicos que hacen de los individuos marionetas en convulsión, o sea padeciendo contracciones involuntarias a causa de las contradicciones que nos inoculan. Resistir es, en este sentido, una condición necesaria para preservar la dignidad.

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