El hedonismo originario versus el postmoderno

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La pretensión de este artículo es recuperar el hedonismo de Epicuro –el que más resonancia ha tenido en la tradición occidental aunque no fuese el primer hedonista- siendo rigurosos y honestos con el sentido que este confirió a esta doctrina, teniendo en cuenta a qué necesidades y exigencias contextuales respondía.  No será este texto una reflexión de profundidades filosóficas que no pueda estar al alcance de cualquiera que con un mínimo de atención se detenga a repensar el concepto de hedonismo que usamos en la actualidad –muchos profesionales de reconocido prestigio incluso, se lo ventilan frívolamente-

Y este apunte o paréntesis que aquí se propone se debe al hartazgo de leer continuamente referencias a un hedonismo que podríamos calificar de postmoderno, pero que dista en esencia de la doctrina que Epicuro intentó que se hiciera realidad en su Jardín. Es más diría que en ocasiones se denosta el hedonismo por ignorancia supina; porque es un término que ha pasado a identificarse con frugalidad, superficialidad y banalidad sin tener un conocimiento ajustado de lo que es ser hedonista en los términos en que Epicuro desarrolló un pensamiento, a cuya deformación ha contribuido la desaparición de muchos de los textos originales; y que solo conservemos rastros que resuenan como consejos de autoayuda en nuestra sociedad presente.

Para acometer el propósito mencionado partiremos de un texto crucial en el pensamiento de Epicuro y que no podemos ignorar cuando hablemos de hedonismo:

“(…)Todo placer, pues, por tener una naturaleza apropiada [a la nuestra], es un bien; aunque no todo placer ha de ser elegido; así también todo dolor es un mal, pero no todo [dolor] ha de ser por naturaleza evitado siempre.30 (130) Debido a ello, es por el cálculo y la consideración tanto de los provechos como de las desventajas que conviene juzgar todo esto.31 Pues en algunas circunstancias nos servimos de algo bueno como un mal, y, a la inversa, del mal como un bien. Y estimamos la autosuficiencia como un gran bien, no para que en todo momento nos sirvamos32 de poco, sino para que, si no tenemos mucho, con poco nos sirvamos, enteramente persuadidos de que gozan más dulcemente de la abundancia los que menos requieren de ella, y que todo lo natural es fácil de lograr, pero que lo vano es difícil de obtener.33 Los alimentos simples conllevan un placer igual al de un régimen lujoso, una vez que se ha suprimido el dolor [que provoca] la carencia;34 (131) y el pan y el agua proporcionan un placer supremo cuando se los ingiere necesitándolos. Por lo tanto, el hábito de regímenes simples y no lujosos es adecuado para satisfacer la salud, hace al hombre diligente en las ocupaciones necesarias de la vida, nos pone en mejor disposición cuando a intervalos accedemos a los alimentos lujosos, y nos prepara libres de temor ante la suerte.

Entonces, cuando decimos que el placer es el fin, no hablamos de los placeres de los disolutos ni a los que residen en el goce regalado, como creen algunos que ignoran o no están de acuerdo o que interpretan mal la doctrina, sino de no padecer dolor en el cuerpo ni turbación en el alma. ) Pues ni las bebidas ni los banquetes continuos, ni el goce de muchachos y mujeres, ni de los pescados y todas las otras cosas que trae una mesa suntuosa, engendran la vida grata, sino el sobrio razonamiento que indaga las causas de toda elección y rechazo, y expulsa las opiniones por las cuales se posesiona de las almas la agitación más grande. El principio de todo esto y el mayor bien es la prudencia. Por eso, más preciada incluso que la filosofía resulta ser la prudencia, de la cual nacen todas las demás virtudes, pues ella nos enseña que no es posible vivir placenteramente sin [vivir] juiciosa, honesta y justamente, sin [vivir] placenteramente. En efecto, las virtudes son connaturales con el vivir placentero y el vivir placentero es inseparable de ellas (…)”

http://onomazein.letras.uc.cl/Articulos/4/23_Oyarzun.pdf (enlace al texto completo con anotaciones relevantes para la interpretación)

Epicuro, Carta a Meneceo.

En primer lugar recordemos que “una sociedad erradicada de sus habituales lugares, e impulsada fuera de los muros reales e ideales de la  Polis, tenía necesariamente que inventar formas mentales, sustentos ideológicos, aliento moral”[1], es decir una sociedad en crisis –como se halla habitualmente la nuestra, en un cambio acelerado y sin norte- exigía nuevos referentes que ubicaran al individuo en un presente distinto, en el que parecían haberse quebrado los lazos políticos, por ende los naturales –recordemos que estamos en la Grecia que ha creído que el hombre es un animal político- y en el que el único eje es el individuo como punto a partir del cual se disciernen las necesidades y los medios de satisfacerlas.

En segundo lugar, y atendiendo a esta crisis profunda en las formas de vida, la perspectiva epicúrea se despliega con un pragmatismo materialista. Pero, tampoco ese “materialismo” indica lo que hoy entendemos con ese  concepto, sino que sosteniendo, con Demócrito, que todo cuanto hay, lo real está compuesto de un conjunto de átomos, el humano es algo corpóreo formado de esas minúsculas partículas que incluyen el espíritu o el alma y cuya imbricación no podemos ignorar.

Por este motivo el fragmento inicial dice con contundente claridad:

“(…) Entonces, cuando decimos que el placer es el fin, no hablamos de los placeres de los disolutos ni a los que residen en el goce regalado, como creen algunos que ignoran o no están de acuerdo o que interpretan mal la doctrina, sino de no padecer dolor en el cuerpo ni turbación en el alma.”

Es decir la identificación de la felicidad con el placer, que es lo que se denomina hedonismo, implica entender qué entiende quien así lo afirma por placer. Y en el caso de Epicuro parece evidente que es la ausencia de dolor corporal y mental. Incluso habla de la prudencia –el uso práctico de la razón- para dilucidar cuando un placer debe ser acogido o rechazado por ser posteriormente nocivo; y de igual modo cuando debe ser elegido un dolor por proporcionarnos a la postre un placer mayor.

En consecuencia no habla el filósofo helenista de un individuo humano que acude de forma persecutoria y sin reflexión a la búsqueda de cualquier placer corporal. Por el contrario, su voluntad es ayudar a sus contemporáneos a hallar la ataraxia, la no-perturbación ni del cuerpo ni del alma, la paz, la tranquilidad para no sentir dolor; ya que entendía este último como un elemento contradictorio al placer, por lo que o está presente uno, o lo está el otro. No concibe gradación alguna, sino hay dolor, entonces hay placer.

De esta forma, el Jardín de Epicuro proponía una vida austera porque si no hay deseo, no hay carencia y no hay dolor. Contra más deseamos, más necesidades tenemos, más carencia y más sufrimiento. Y es la amistad, el vínculo entre individuos el más preciado bien que nos llevará a la máxima felicidad, o el máximo placer.

Obviamente, hemos expuesto sucintamente el hedonismo epicúreo para poder contrastarlo con el uso actual que hacemos del término. Y aquí creo que hay un elemento claro: una sociedad de consumo en la que de forma tácita se provoca la creencia de que consumiendo seremos felices, promueve una confusión de lo que constituyen “bienes” reales para el individuo. Lo material, los bienes de consumo sacian ese vacío del alma.

Pero la constatación –ya vislumbrada paradójicamente por Epicuro- es que cuanto más tenemos, más consumimos, más deseamos y así ad infinitum. Este mecanismo de huida del sufrimiento es clave para el desarrollo de una economía de mercado, pero muchos acaban apercibiéndose por propia experiencia de que los bienes mayores no son los materiales, sino aquellos que proporcionan a nuestra mente el alimento que necesita –y eso puede ser altamente subjetivo-.

En consecuencia, ser hedonista puede implicar una aceptación material de lo real, pero nunca la convicción frívola y narcisista que hoy hacemos del término. A no ser claro está, que previo a su uso clarifiquemos qué entendemos por hedonismo y lo mantengamos explícitamente al margen del epicureísmo que ha sido la doctrina hedonista por excelencia, pero para nada superflua, banal o narcisista.

Os invito a que realicéis una lectura pausada del enlace que adjuntamos para que podáis, por cuenta propia, contrastar lo que aquí se ha expuesto.

[1] E. Lledó, Memoria de la ética, Ed. Taurus. Madrid 1994. Pg 282

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