Hipersensibilidad y sinestesia

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No cualquiera rezuma por sus poros sentimientos que espejean emociones ajenas. La hipersensibilidad de algunas personas, que pueden por ello incluso experimentar algún tipo de sinestesia, constituye un valor añadido ninguneado en una cultura que estimula la intensidad del placer como un fenómeno individual, centrado en el yo para su regodeo.

La última aseveración, que puede ser discutible y matizable, no puede denominarse con rigor hedonismo, por las razones aducidas en este blog en la entrada:

https://filosofiadelreconocimiento.com/2019/09/03/el-hedonismo-originario-versus-el-postmoderno/.

Así, poseer la capacidad de reaccionar sensorialmente deforma diversa, ante la estimulación de un único órgano sensorial, puede convertirse en un don del que se beneficien las personas que lo poseen y también los que las rodean.

Es más, la hipersensibilidad permite captar a un sujeto lo que a la mayoría le pasa desapercibido y que a pesar de ello es un fenómeno presente –en cuanto percibido- que solo puede convertirse en una experiencia a considerar en la percepción global del entorno, en cuanto hay quien la constata.

Un caso significativo es el de la escritora Siri Hustvedt, que es más conocida por su supuesto feminismo y por haberse casado con el escritor Paul Auster. Sin embargo, Siri tiene una sinestesia tacto-espejo que la habilita para sentir y experimentar como propio aquello que ve en otro. En una entrevista en el diario La Vanguardia, ella misma aduce como ejemplo la sensación del dolor que la azota, si observa en su interlocutor que alguien le propina un codazo. Es decir, la estimulación del tacto ajeno y la sensación derivada se espejea en el cuerpo de Siri como si el agente estimulador hubiese actuado sobre ella misma.

Este es un ejemplo concreto de hipersensibilidad y sinestesia que menospreciamos, tal vez por el desconocimiento del fenómeno, y que podría resultar un beneficio considerable si concediésemos a estos sujetos peculiares la oportunidad  de indagar la gama de posibilidades que su habilidad le ofrece. Podrían ser personas con habilidades educadoras, terapéuticas, artísticas,… excepcionales.

Por el contrario, nuestra cultura prescinde de ellas por sus capacidades particulares induciéndolas, inclusive, a esconderlas ante el riesgo de ser víctimas de algún diagnóstico de psicosis alucinatoria, que las coarte e impida su integración social.

Disponemos hoy de ciertas formas de contraste e investigación de esas experiencias mediante la neurociencia, la neurobiología y otras disciplinas emergentes. Aunque no parece que exista voluntad alguna de garantizar el bienestar de esos sujetos, condenados a menudo a la soledad o a desarrollar cierta fobia social por la incomprensión de la que son objeto. Por el contrario, podrían aportar al resto beneficios aun desconocidos; aunque tal vez,  los prejuicios nos inducen a creer que  determinadas manifestaciones son locuras individuales, más cerca de las pseudociencias o el esoterismo que posibles objetos de investigación científica –y no seamos aquí positivistas- que puedan despertarnos habilidades desconocidas. En lugar de prestarles la atención que requieren son, en su más nimia expresión, denostados como síntomas de desvaríos mentales.

La exploración de la hipersensibilidad –con sinestesia o no- en las personas podría amortiguar el impacto negativo que a menudo tiene en los que la poseen, y además alcanzar estados de empatía inusitados –ahora que está tan de moda- hasta el momento, que permitan reorientar y ayudar a esas otras personas cuya habilidad para gestionar las emociones es escasa.

Obviamente, existen otras prioridades que se presentan más rentables a corto y medio plazo, por lo que esta oportunidad de ahondar en el conocimiento de nuestra mente y nuestro cerebro  -detenernos en la legitimidad de esta diferenciación me parece metafísica nada fructífera en estos momentos- para que todo su potencial sea aprovechado en favor de quien lo posee y del conjunto de la sociedad.

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