La ambición del escritor novel, o la arrogancia de una utopía-distópica

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En una entrevista, conversación distendida, que mantuve hace unos días con Byron Mural en su programa ENTRE LETRAS, LIBROS Y OTROS MUNDOS, me invitó a dar un consejo a aquellos escritores que publicaban por primera vez y esperaban que su obra fuera un super ventas -eludo intencionadamente los anglicismos[1] porque me generan una tiricia aguda-. Lo primero que me vino a la mente fue cierta sorpresa por el hecho de que hubiese aspirantes a escritores que tuviesen esa ambición desmedida. Después pensé que, para llegar a ese estado de irrealidad, debían partir de una perspectiva o incluso motivación desajustada.

Entiendo que quien llega a escribir un libro y se lo publican, en general, resguarda años de lecturas, escritos arrugados en una papelera o borrados del ordenador, que provocan en él que solo el hecho de haber logrado publicar, es decir, que un editor haya considerado que lo que dice puede interesar, es ya un gran hito. Respondía haciendo el paralelismo con el presente blog. Para mí es una de las actividades más gratificantes de las que realizo, porque ver la cantidad de lectores que han acudido a mi escrito -entre los cuales, a unos les ha parecido destacable y a otros no- en una sola jornada, recompensa el esfuerzo de difundir mis escritos, me permite disfrutar día a día de aquello que publico vía internet y me permite un intercambio directo con los lectores que, naturalmente, la publicación de un libro dificulta mucho más.

Bien, pues mi monólogo interior me recordaba el honor que supone que haya lectores que se fijan en tus escritos, que cuando escribes no escribes para nadie, que es como hacerlo para todos, pero cuando recibes respuestas e interaccionas con quienes te han leído, el ciclo del escritor ha llegado a su culminación -y no es ninguna humildad impostada-

Esta reflexión trasladada a un libro o una novela, en concreto, implica que sé que serán pocos los que la leerán, por una diversidad de motivos que sería muy extensos desentrañar ahora, pero tengo la convicción de que cada persona que me dedica tiempo a leer lo que yo he tardado infinitamente más en escribir, es un logro que merece ser muy valorado. Y pocas veces lo hacemos. Las críticas, si son rigurosas y sinceras, son la manera de mejorar lo que escribimos. Aunque también debemos ser conscientes que el estilo literario propio no puede agradar a todo lector. No es así ni con los grandes escritores de la historia, respecto de los cuales también se dan divergencias sobre la maestría o no de sus obras. Por consiguiente, cada elogio que recibo me reafirma en ese estilo que de forma espontánea se ha ido gestando en mí. Siempre mejorable, y así es si os digo que estoy con la novela que más tiempo me está costando escribir, a la que ya debo haber dedicado año y medio.

En síntesis, quería expresar que no creo que sea realista que nadie escriba una novela, consiga publicarla -gran logro- y crea que será un éxito de ventas. Quien parte de esta idea tiene tal vez un exceso de arrogancia en la autopercepción de la calidad literaria de sus escritos. Ésta, a veces, condiciona el número de ventas, pero no es el factor determinante. Se publica muchísimo, más de lo que llega a leerse seguramente. De mala calidad, con errores, con precipitación. El mercado es una jauría. Por eso, entiendo que hay que disfrutar escribiendo, si publicas pues sensacional y si se compra un mínimo aceptable, vete de fiesta.

Es nuclear que la escritura sea vocacional, al igual que otras profesiones. Porque si no, está vacía de vida y lo vacuo ya nos roza la piel a cada instante, por eso buscamos leer libros con sustancia, con enjundia, o tal vez que entretengan, para gustos los colores.

Gracias a todos los que me leéis, sea en las redes o a través de mis libros. Cada uno de vosotros sois una dádiva, y así la recibo.


[1] La razón es que considero la lengua castellana suficientemente rica y elástica como para “nombrar” aquello que por novedoso parece carente de término. Aunque, cabe añadir, que a menudo de nuevo no tiene nada; no son más que viejos conceptos que al revestir-los del vocablo inglés nos parecen de lo más ingenioso. De aquí mi repugnancia, en especial, a ese imperialismo cultural que descuartiza nuestra lengua.

Plural: 6 comentarios en “La ambición del escritor novel, o la arrogancia de una utopía-distópica”

  1. Quizás soñar sea lícito, lo que no lo es tanto es querer ganar la lotería sin echarla nunca. Entiendo tu postura, pero si el sueño se acompaña de esfuerzo, bienvenido sea el arrogante… Sino pasa de ahí… Ser arrogante en sueños

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