Lo onírico

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Dormitaba sibilante como aspirando todo el oxígeno que había a su disposición. La apnea le asestaba azotes que provocaban un sueño superficial y un despertar súbito. A veces, al emerger de ese estado onírico, le burbujeaban imágenes insistentemente, que él identificaba como causas de ese malestar que le hostigaba siempre al despertar. Algunas eran cuerpos ensombrecidos e irreconocibles, con rostros velados, que se ubicaban en lugares indefinidos, pero que recreaban escenas simbólicas que le acosaban; como si le urgieran a revelar ese mensaje subrepticio que pujaba por emerger. Su estado mental era, en esas circunstancias, de una angustia difusa que le impelía a aceptar el juego propuesto: desentrañar qué palpitaba agitadamente, en ese lado oscuro de su mente, que exigía ser reconocido. Se entregaba, no sin dolor, al desapacible reto de recobrar los instantes que aún se hallaban accesibles a su conciencia, reviviendo, evocando las secuencias más nítidas. Tras ese displicente denuedo, brotaban emociones e imágenes reales que aparecían como el contenido latente de ese teatro onírico. Poseía la convicción de que los sueños eran más genuinos y auténticos que los sucesos presentes porque le remitían a la manera en la que los vivenciaba intensamente y que, sumergido en ellos, no era capaz de calibrar emocionalmente. Así que en la intimidad rehízo los versos calderonianos “Que la vida emerge en los sueños/y los sueños genuinos son”.

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