¿Derecho a ser feliz? ¿Quién? ¿Dónde?

6 comentarios

Es cierto que en un mundo en el que abunda el dolor, la tragedia y el sinvivir, cada uno tiene el derecho de regocijarse en su burbuja de humano minoritario privilegiado. No mirar, para no ver, y vivir como si su mundo fuese el mundo. Esta postura la he oído en los últimos días a algunos conferenciantes -no coaching, ni especímenes semejantes- que parecen reivindicar el derecho a ser feliz como una actitud casi de rebeldía en medio de un mundo que se degrada progresivamente. Seguramente, esta última aseveración sería reprochada por esos que reclaman el derecho a la felicidad, aduciendo que puestos en una balanza las cosas buenas de la vida son más abundantes.

Se me antoja que, este giro hacia uno mismo es fruto de una posición acomodada e individualista. Coincido en el hecho de que algunos vivimos muy bien, y no resulta consecuente no sentirse feliz. El pero que me impide adherirme a esta actitud es algo que se denomina sensibilidad.

Si la sensibilidad solo se estimula ante las pequeñas cosas que nos rodean y que desprenden encanto, belleza y deleite, entonces poseemos una sensibilidad al servicio de nuestro goce, y resultamos ser humanos incapaces de com-padecernos por el dolor, el sufrimiento, la penuria y el terror bajo los cuales viven una proporción enorme de seres humanos.

Utilizo el término con guion com-padecer, con más enjundia que empatía, porque significar padecer con el otro, sentir su dolor; no sentir pena con una actitud paternalista. Ser sensibles a la mala existencia en la que se encuentran tanto humanos, es darnos cuenta de que nuestra situación privilegiada se sostiene a costa del sufrimiento ajeno; indirectamente, quizás, pero al fin y al cabo somos partícipes de un engranaje en el que el poder adquisitivo de unos mantiene el sistema productivo y de consumo, que necesita de la pobreza de muchos -bajos sueldos, viviendas indignas, veto de facto a la cultura; y si echamos una ojeada a los países menos desarrollados hay que sumar las guerras incesantes, originadas en su mayoría y sostenidas por los países más ricos.

Quien pueda ser feliz en este contexto que lo sea, pero tal vez deberían hacer la experiencia del velo de ignorancia de Rawls y sentir la posibilidad que su existencia se desplace al Yemen, por ejemplo. ¿Seguiría sosteniendo que el estoicismo de la indiferencia que nos permite ser felices es un derecho? Personalmente prefiero sentir esa profunda tristeza por  lo que hemos hecho los seres humanos, que considerarme con derecho a la felicidad cuando muchos no lo tienen ni a la alimentación básica. Es una tristeza elegida, porque la opción individualista me carcomería la conciencia de ser una humana, que como tal, no puede prescindir del resto de humanos.

Plural: 6 comentarios en “¿Derecho a ser feliz? ¿Quién? ¿Dónde?”

  1. Cierto es que las penurias de este mundo, son tan variadas, que la Biblia lo calificó de valle de lágrimas.
    Pero a mi modo de ver, ser feliz no es contrario a ser sensible o empático. Puedo considerarme una persona feliz (que también tiene sus matices) y al mismo tiempo sufrir por las circunstancias terribles de Ucrania, por poner un ejemplo cercano. Y ambos sentimientos conviven.
    El problema puede estar en que esa sensación de incomodidad por lo que sucede a nuestro alrededor, nos afecte con tal intensidad y con tanta profundidad, que modifique o altere nuestro propio equilibrio emocional y nos resulte dificultoso y en ocasiones imposible, disfrutar de la cuota de felicidad que nos toca, dando la impresión de que ser feliz es pecado (por utilizar términos coloquiales).
    Esto, podría tener consecuencias dañinas en las relaciones con las personas de nuestro entorno, que podrían verse afectadas por la intensidad de nuestra respuesta emocional y no compartirla en absoluto o en parte.
    Hay personas que han dedicado su vida a cuidar enfermos, y sin embargo, han visto morir a cientos o miles. Pueden ser de diferentes órdenes religiosas o médicos sin fronteras. ¿Son felices haciendo lo que hacen? Seguro que sí.
    Pero existe una línea muy delgada y peligrosa de atravesar entre la empatía, el sentirse afectado por el mal de otros y pretender actuar como el Salvador. Ese papel ya lo hizo un carpintero de Nazaret hace unos 2.000 años.

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  2. Je ne peux être totalement heureux en m’extrayant des autres, n’étant pas capable de les ignorer d’un bout à l’autre. La méditation et surtout la contemplation y parviennent . Je n’ai pas plus de réussite avec une femme gonflable, ce qui doit vouloir dire que le bonheur à une part qui vient des autres
    e

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  3. No, el mundo no es como nos hacen creer y con el que nos autoengañamos con falsas felicidades que, a mi entender, no dejan de ser un tanto hipócritas y falaces, amén de ser completamente consumistas, como si la felicidad dependiera de ello. Somos una farsa de sociedad, por duras que parezcan mis palabras, pero es como lo siento en cuanto observo en tanta mediocridad. Evadirse de las realidades y ser objetivos con lo que padecemos como sociedad es algo egoísta, pero aquí ya hemos quedado casi todos nada más que para mirarnos nuestro ombligo como si fuera el único que importara.
    Saludos

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