Las heridas de la infancia no «se curan».

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Nadie sale indemne de una infancia sometida al pavor y a la supervivencia del más hábil. Esos seres bajitos se resguardan bajo la mesa, detrás de una cortina o se mimetizan en el rincón de una habitación, cuando los gritos, golpes y alaridos los llevan a temer lo peor. Y lo peor en la niñez tiene color de espesura roja, de abandono, de que nadie se aperciba nunca más de su existencia, como si se hubiese convertido en una estatua inerte.

Esas experiencias junto a otras —la penuria, la incertidumbre, el encierro en una casa, las incursiones para robar en un supermercado, las ventanas abiertas que son siempre una amenaza que sostiene un cántico silente— no pueden ser reparadas. Digan lo que digan las distintas corrientes psicológicas, más empecinadas están en ello las que se consideran una ciencia, esas hendiduras en la mente no cicatrizan nunca.

En este sentido, diría que el psicoanálisis posterior a Freud, el de sus herederos, nunca ha pretendido que la práctica terapéutica pueda curar —y si alguien lo ha entendido así, dudo qué es lo que ha entendido—, sino dotar de herramientas al individuo para entender qué sucede en su interior y cómo manejarlo. Distinguir si la rabia es propia o ajena, si le consideran un inútil o es el propio individuo quien se percibe así, si el desánimo aparece súbitamente y sin causa o algún acontecimiento ha disparado emociones muy básicas, que adquieren una fuerza en el presente devastador.

De hecho, el organismo funciona de forma similar. Quien tuvo una fractura grave de una pierna, no volverá a poseer la funcionalidad anterior, quien tuvo un problema renal, vascular, u otros, siempre deberá cuidar esa parte de su organismo “tocada”. Sabemos poco o nada de eso que llamamos mente, que tal vez no sea nada más que una manera de hablar de funciones que realiza el cerebro. Aún suponiendo que esto sea así, sí sabemos que el sistema nervioso central posee una plasticidad enorme y que los circuitos neuronales que se van creando, no innatos, dependen de las experiencias y las vicisitudes a las que ha tenido que enfrentarse el individuo. De tal forma que puede haber carencia o exceso de neurotransmisores en situaciones que para otras personas no resultarían estresante, y provocar en consecuencia respuestas que denominamos poco adaptadas al entorno.

A pesar de esto, los psicofármacos en la mayoría de las situaciones no son más que una muleta temporal, a veces de por vida, que ayudan al individuo a estabilizar su funcionamiento cerebral. En este sentido, parece que el grado de mejora que un individuo adquiere mediante una psicoterapia es mucho más duradero que el de los fármacos.

Por lo tanto, cualquier dificultad que pueda ser calificada con cierto grado de patología exige el tratamiento conjunto de terapia y fármacos. Por desgracia, la sanidad pública en estos momentos no está atendiendo ni una ni otra, o los usuarios que se benefician en comparación con los que demandan atención, son irrisorios. Acudir a un médico de familia por una dolencia mental y que tarde cuatro o cinco mese en atenderte es abandonar a esa persona a su suerte. Preguntémonos por el índice de suicidios y no empecemos la casa por el tejado: si se atiende a los pacientes según sus necesidades – y aquí la diversidad es muy amplia- es probable que no lleguen a situaciones de riesgo de autolisis ni a hacerlas realidad. Obviamente, cada uno está en su derecho, a mi juicio, de hacer lo que pueda y quiera, pero que no sea por falta de asistencia psiquiátrica y psicológica total. Como son las circunstancias que vivimos desde hace años y han ido empeorando cada vez más. El médico de familia se ha convertido en un especialista de todo, porque hacer derivaciones a especialistas solo se considera aceptable por las autoridades sanitarias -que seguro que tienen nombres y apellidos- cuando los casos parecen graves.

Si el dicho más popular de hace años era “con la Iglesia hemos topado”, ahora creo que deberíamos corear a los cuatro vientos “con la sanidad pública hemos topado, y nos moriremos de desatención”.

Plural: 5 comentarios en “Las heridas de la infancia no «se curan».”

  1. Hola,
    Me parece muy interesante tu artículo, sobre la cura en salud mental quizás no sea posible, en muchos casos, volver al estado basal previo al daño sino poder llevar una vida satisfactoria desde el punto de vista de la persona.
    Respecto a la sanidad pública, el problema no lo veo tanto en los profesionales ni el sistema en sí. Hace décadas, que desde muchos gobiernos autonómicos y centrales se hace todo lo posible por acabar con la sanidad pública en favor de la privada, es un plan no una mala gestión. Claramente en gobiernos PP, C’s, Vox esto es descarado aunque no exclusivo.
    En mi comunidad, por ejemplo, se está mejorando la atención a la salud mental con psicólogos en los CAP, la prevención del suicidio con unidades específicas, contratación de especialistas… Al menos se intenta …
    Un abrazo!

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  2. Más allá de que el artículo devenga en una crítica hacia el sistema de salud, esto que transcribo es la sustancia de los real:

    «Esas experiencias junto a otras —la penuria, la incertidumbre, el encierro en una casa, las incursiones para robar en un supermercado, las ventanas abiertas que son siempre una amenaza que sostiene un cántico silente— no pueden ser reparadas. Digan lo que digan las distintas corrientes psicológicas, más empecinadas están en ello las que se consideran una ciencia, esas hendiduras en la mente no cicatrizan nunca.»

    También está en uno qué hace con eso, m´ás allá de la terapia. Los fármacos son discutibles porque el asunto se trata de una recuperación interior y en convivir con las cicatrices, si se logra que las heridas pasen a ser eso. Sobre todo, convivir con la deformidad de esas cicatrices. Y los fármacos anulan esa capacidad en el ser humano. La suplantan si se viven como una curación y no como un pasaje hacia el fortalecimiento que, en general, es lo que impiden.

    Lehit, Ana.

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