Mainländer: lo inmanente como lo real.

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Decía Mainländer que: “la verdadera filosofía debe ser puramente inmanente, es decir, tanto su tema como su límite han de ser el mundo”[1], ya que no puede recurrirse a lo extramundano para explicarlo, pues dicha construcción se fundamentaría en lo no cognoscible ni justificable a su vez. Esta convicción haría las delicias de cualquier materialista contemporáneo porque incide en algo nuclear: lo único real a lo que tenemos acceso es el mundo, y, en consecuencia, no podemos atribuir esa categoría a nada que lo trascienda.

Sin embargo, Mainländer califica su inmanencia de idealista, en cuanto no puede pasar por alto al sujeto cognoscente y suponer que las cosas son tal cual al margen de el ojo o la mano que las percibe. Aquí podría suscitarse discrepancias entre la diversidad de materialismos actuales. A pesar de ello, la conciencia que posee el filósofo alemán de que el humano es un ser limitado, inclusive en su capacidad de conocer, parece de lo más obvio a no ser que pretendamos calificar lo humano con poderes ilimitados que hemos rechazado por la inmanencia de cuanto podemos decir que hay. Para justificar este idealismo dedicó parte de su obra principal “La Filosofía de la redención”  a analizar la facultad de conocer, llegando a la conclusión de que tan solo la voluntad de vivir es una fuerza que trascendiendo lo individual  aparece únicamente materializada, es decir de forma inmanente y por ellos nunca una, sino plural dando lugar a los distintos estados de la voluntad -la forma propia en que la voluntad se manifiesta en cada individuo-, no obstante la filosofía inmanente reunifica todos los estados de la voluntad bajo los concepto de placer y displacer. A partir de aquí el filósofo de la inmanencia idealista intenta argumentar cómo se originó esa individualidad material, cuestión que excede el propósito del artículo, pero del que sería un ninguneo no mencionar su idea de la muerte de dios como fuente de la diversidad individual. Precisamente porque no fue preconizada originariamente por Nietzsche como acostumbra a atribuírsele, sino por Mainländer, al que se cree que muy probablemente el filósofo de Dionisio leyó.

¿Dónde pretendemos desembocar? En la convicción con la que Philipp Mainländer sostuvo la inmanencia de cuanto hay y las consecuencias que eso conlleva en la reconceptualización del mundo de hoy. Sigue siendo legítimo intentar justificar algo trascendente que dé sentido a la materialidad que nos rodea, aunque difícil. La modernidad sustituyó la medida de las cosas por la cantidad en oposición a la cualidad; y esta apuesta fundada en la potencia y el influjo de la física matemática, legitimó la disolución de ideales trascedentes que por su carácter no material y cuantificable se redujeron a meras ilusiones de la razón humana. Solo la materia se somete al imperio de la cantidad, y por ende lo inmanente es lo único demostrable científicamente.

En estas circunstancias, lo humano queda circunscrito en lo material, corruptible, mortal y sin sentido alguno trascendente. Eso que hoy solemos denominar nihilismo, en cuanto no hilo que nos una a nada, o mejor dicho aún tan solo nos une a la nada. Si a esto le añadimos el estado del mundo, las formas de vida indignas para la mayor parte de los humanos y el dominio salvaje de una minoría que concentra el poder económico, y por ende el poder, nos resuena con intensidad la pregunta de Camus[2]: ¿Vale la pena vivir? La respuesta es personal e intransferible y parece que la vida sin valor intrínseco alguno solo puede ser querida en sí misma -como pregonara convulsivamente Nietzsche- o porque hallemos un sentido propio que no exija esa voluntad y fortaleza ante el hecho de existir, o desde otra perspectiva la capacidad de fluir en el devaneo de sufrimiento y alegría al que nos somete como una noria la existencia.

Me viene a la mente la ingenua y resignada frase de una niña de unos diez años, cuando ante la obligatoriedad de llevar mascarilla por el covid19 en los colegios, que fue interpelada por un periodista. Con una voz melosa y sumisa respondió: es algo incómodo porque no puedes respirar bien, pero bueno no pasa nada, es mejor eso que morirse. Los adultos sabemos que no siempre es mejor eso que morirse – y no me refiero al hecho de llevar tapabocas-, el eso puede acontecer con tanta diversidad y desgarro que a veces sea, tal vez, mejor morirse.


[1] Mainländer “Filosofía de la redención” Alianza Editorial. Pg.81

[2] Ver “El mito de Sísifo” de Albert Camus.

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