RELATO: La calle de los desventurados.

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Estuve tiempo reclinada y rendida en la pared de una calle muy transitada. Mi espalda algo encorvada, la mirada ciega, y el bullicio sordo que invadía el espacio; un espacio sin lugar, solo cavidad indiferente que contenía individuos desplazándose azarosa y agitadamente. Allí, pensé sobre lo absurdo de la velocidad existencial, el vacío perforado en la médula de cualquier posible sentido, y, sobre todo, en que el anonimato que proporciona la ciudad es la negación de los individuos, su aniquilación para evitar el riesgo de iniciativa, acción o potencia de cualquiera de ellos.

Yo, tan solo, era una más. Una conciencia que emergía desde el dolor para apercibirse de que las relaciones sociales son una herramienta mercantilizada, estimuladas para promover el intercambio, y negadas en cuanto asoma la posibilidad de revestir a cada individuo de la dignidad que lo humaniza.

Esa experiencia de no existencia para el otro me desplazó inexorablemente a la situación de indigencia y exclusión. Desarrapados, sucios, entre los cartones y los trastos que componen todas sus posesiones no son solo ignorados, como podía serlo yo, sino también repudiados; su presencia se convierte en la escandalosa ausencia de todo y, por ello, la mirada no puede no verlos, y para no verlos hay que expulsarlos de todo lugar.

Podemos estar en el mundo sin molestar -ser ignorados-; o nuestro estar puede inquietar y culpabilizar a otros, y eso sí que resulta inexcusable. Si nuestro mero existir interfiere en el bienestar de aquellos que recorren las calles, ya no somos inocuos, sino escoria.

Aunque parezca simplismo, es la actualidad recurrente. No hay que estar avezados en conocimiento alguno para detectar que en el mundo hay dos parcelas: los incluidos y normalizados; los excluidos y anómalos. Cierto que en cada parcela hay una gradación, pero lo relevante es que hay individuos que parecen merecer estar en el mundo y otros que no se han ganado ese honor.

Viendo lo visto -que no es todo cuanto puede verse- me separé de la pared, y mis pies debían dirigirse a una de las dos parcelas. Ahora ya no era inconsciente, ingenua o ignorante. Había perdido arrastrada por el dolor y por mi permanencia en la falda de ese muro, la candidez. Quien sabe algo, ya no puede seguir viviendo como si nada. Cada paso que daba era un avance en un proceso de decisión consciente. Titubeaba, sentía miedo. Y mientras mi cuerpo era solo temblor, se acercó un hombre con una manta mugrienta y me arropó con ella, ofreciéndome asiento en su no-lugar. Había optado casi sin apercibirme. Y me quedé allí, desaparecí del espacio de control y normalización, para irme degradando junto a otros; que me acogían y me desplumaban, porque la supervivencia es un límite ineludible. Ahí sigo, en la calle de los desventurados, por si alguien quiere venir a visitarme; Eso sí, venid protegidos que la injusticia no perdona.

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