Las generaciones que vienen -jóvenes, adolescentes, niños- están siendo educadas en una especie de empíreo falaz. Provocamos se crean el centro del mundo, como si a éste le importaran algo, cada vez que satisfacemos caprichos reiteradamente, les espetamos un “no” absolutamente licuado que se desvanece al cabo de un breve lapso. Por un lado, los padres se esfuerzan en que disfruten convencidos de que el crío no puede aburrirse -si así fuese estaríamos cometiendo dejación-, y por el otro, minimizan la relevancia de los límites y a que aprendan a asumir frustraciones, creyendo que ya lo pasarán mal de más mayores. Y aquí es donde se sientan las bases de una exigencia desmedida por parte de los niños, y de una intolerancia a las limitaciones que impone la propia existencia y en un alto grado el sistema social y económico en el que vivimos, y van a habitar ellos con los cambios que se produzcan, pero que bien seguro no estarán orientados a que ellos vivan felices -que lo han percibido como esto quiero, esto tengo-.
Las dificultades empiezan a evidenciarse en el momento en que se creen sujetos con derecho a que las instituciones los traten como personas -quizás debería ser así, pero no lo es- y se estrellan contra un muro impersonal en el que ellos son números igualados y descualificados. El sistema funciona árida y rígidamente -el sentido común tampoco funciona- e impone sus condiciones, esas que ellos deben conocer por iniciativa propia si no quieren enterarse a base de porrazos.
Son generaciones educadas para el consumo, y con el implícito añejo de “el cliente siempre tiene razón». Sin embargo, ser individuos consumidores es casi el supuesto que se les atribuye para no quedar excluidos del sistema, y al estar todos cuantitativamente igualados en lo que importan, la eficacia reside en cómo cada uno se espabila y se maneja por los recovecos de ese sistema lleno de implícitos y de sutilezas no manifestadas. Tal vez, con el propósito de que sobrevivan los más avezado en el arte de vencer a los otros en un sistema poco transparente y que nada tiene que ver con el entorno en el que crecieron.
Son como figuras de porcelana en una caja llena de cantos que pueden hacerlos añicos. Su proceso de maduración no puede ser exactamente como el de generaciones anteriores, pero sí adecuado al entorno que se encontrarán después. La tecnología que estimula la inmediatez del deseo, ya que haciendo un clic puede aparecer lo que necesito, exige otras habilidades que van a establecer la diferencia entre quien es devorado por el sistema y quien se adapta a él con cierta impostura si cabe.
La complejidad sobre cómo deberían ser educadas las nuevas generaciones no es menor. Ahora bien, parece que la asunción de límites, la fortaleza ante los infortunios, y la capacidad de reponerse y resurgir con más coraje y convicción son cualidades importantes para que no sean individuos de cristal. El enaltecimiento del yo siento, yo quiero, es absolutamente un engaño porque a efectos prácticos el sistema se fortalece por el control y el sometimiento de los individuos, aunque se les haga creer que sus deseos importan, lo que importa es si producen y consumen lo que les corresponde. Esos deseos, además, son inoculados por el mismo sistema, no son del individuo, aunque operen en determinadas circunstancias como tales para reforzar la búsqueda de la satisfacción por parte del individuo.
En la medida en la que los deseos son externos, el individuo nunca se siente satisfecho -aunque desear ya implique de por sí no satisfacerse nunca, ya que desaparecería el deseo-, esta insatisfacción no responde a que tras un desear surge otro, sino a que el deseo auténtico ha sido nublado, eliminado y sustituido, cercenando una parte de ese individuo que será siempre un incompleto.
Educar bajo el supuesto de que la sociedad del deseo es una panacea es una estafa que afecta a lo nuclear que constituye al individuo. Como materia corpórea somos un sistema complejo que arraigado en su entorno interactúa con éste, y por ende con los otros. Sin estas interacciones en las que nos moldeamos por el influjo de los otros humanos, con cualidades propias de un humano, y moldeamos a los otros, produciéndose una refluencia sin la que no seríamos ese ser dinámico en conexión con lo Otro, nunca podríamos hacer del existir, vida. Es más, acabaríamos disueltos, ninguneados y aniquilados por las sinergias de un sistema contra las que no podemos oponernos de uno en uno, sino un NosOtros -término que usa Ricardo Espinoza- que se autoafirma para exigir lo que necesita y está legitimado a reclamar, para que su vida sea digna.
La cuestión de la educación debe trascender las metodologías fantásticas que hacen que los alumnos no se aburran y quieran aprender, como si este fuese el problema al que nos enfrentamos. El verdadero problema es el contenido de esa educación y qué capacidades estamos cultivando, porque es lo que les permitirá situarse en el mundo como agentes de emancipación propia y ajena. Que dejen de distraernos con cambios del sistema educativo que también desorientan a los padres sobre qué es lo relevante en la educación, y uno de los aspectos más olvidados es el êthos, que decían los griegos, sería lo opuesto al cristal o la porcelana.

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