La inteligencia artificial: desafío y resistencia.

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En otras ocasiones -hace incluso cinco años atrás- he abordado la cuestión del transhumanismo y el posthumanismo[1]. Ahora, entiendo que ese período en el que se auguraba que surgiría un ser que tal vez ya no sería propiamente humano, no puede indagarse sin tener en cuenta la Inteligencia Artificial (IA).

El término fue usado por primera vez en 1955 por el matemático J. McCarthy, momento en el que se inició el movimiento de la cibernética, cuyo objetivo era simular y reproducir artificialmente algunos procesos del cerebro humano. Consideremos esto posible o no, lo preocupante de entrada, como expone Éric Sadin es que: “conviene cuestionar primero la noción de «inteligencia artificial» desde su raíz, cuestionar incluso cómo la hemos llamado, en la medida en que siempre los términos que usamos contribuyen a forjar nuestras representaciones”[2]. Lo cierto es que parece que la agenda actual ha incorporado su desarrollo y explotación al máximo como una herramienta clave para quienes deseen ser los punteros del mundo, con su consiguiente poder económico.

No podemos sospechar aún el uso que se hará de esta incipiente tecnología, pero sí intuimos que lo posthumano no será, tal vez, una nueva especie de individuo que ha dejado atrás lo más genuino de lo humano, sino el mundo que bajo el imperio de esta IA, convertirá los distintos ámbitos de la vida en procesos robotizados que fulminará cualquier atisbo de diversidad o singularidad, homogeneizando las formas de vida sin alternativa alguna, en favor de la eficacia y la mayor productividad, aunque eso suponga relegar a los humanos que no se han transformado protesicamente, a una clase de excluidos, ineficaces e inoperantes.

Un cierto indicio de esto que apuntamos antes, podemos detectarlo actualmente en la implantación apabullante del uso de aplicaciones digitales para cualquier trámite que deseemos hacer actualmente, con las administraciones públicas, la sanidad, empresas privadas. El imperio de internet ha menoscabado la posibilidad del trato personalizado y está aislando a aquellos que por edad o cualquier otra contingencia no disponen ni de la formación digital, ni de las herramientas necesarias para poderse mover por el mundo. Se dice que la pandemia contribuyó de forma decisiva en este cambio, y debemos reconocer la suerte que tuvieron las grandes multinacionales tecnológicas en que esto fuese así.

En este sentido Sadin nos alerta de que:

“Mientras los evangelistas de la automatización del mundo no dejan de emprender distintas acciones y de verse apoyados y celebrados en todo lugar, nos vamos deslizando hacia formas de apatía; hemos renunciado a utilizar nuestro poder de actuar. Un movimiento contrario, que haga valer otros principios, ya no puede limitarse a la mera crítica, por más sustentada y argumentada que sea esta, sino que exige la expresión en acto de nuestras divergencias y de nuestra oposición.”[3]

No obstante, este movimiento de resistencia de los ciudadanos sometidos al imperio de la digitalización, entiendo que no responde a una percepción unánime de lo que ha significado la revolución digital. Hay generaciones que son hijos de esta revolución y cada vez están, si cabe, más entusiasmados con la posibilidad de poder realizar una multiplicidad de tareas y acciones sin moverse del sofá. No podemos negar las ventajas que ha supuesto en los últimos años esta extensión de lo digital en diversos aspectos. Menos aún, pueden las nuevas generaciones intuir que esto que están viviendo puede ser la antesala de algo no tan deseable.

Así, entiendo que es imprescindible argumentar a qué se opone el supuesto movimiento de resistencia, sin menospreciar lo que ha aportado. Si aspiramos a que una cierta actitud crítica de la población sea la plataforma de lanzamiento de un cierto movimiento de resistencia es imprescindible acotar, delimitar con claridad a qué deberíamos oponernos y a qué no, ya que no podemos hacer una enmienda a la totalidad, o sí, pero está llamada al fracaso.

Para los que estéis interesados en estas indagaciones que pueden o no contribuir a un futuro deseable, Éric Sadin, filósofo que ha dedicado toda su obra, prácticamente, a la investigación sobre el desarrollo tecnológico y su uso, visita Barcelona el próximo 27 de setiembre en el que hablará a partir de su obra “Hacer disidencia. Una política de nosotros mismos”. Adjunto el cartel del acto para los que queráis asistir.


[1] https://filosofiadelreconocimiento.com/2018/10/22/el-hombre-diluye-lo-humano/

[2] Sadin, E. “La inteligencia artificial o el desafío del siglo. Anatomía de un antihumanismo radical” Editorial Caja Negra. 2020. Pg. 34-35.

[3] Ibid. Pg. 42

Plural: 3 comentarios en “La inteligencia artificial: desafío y resistencia.”

  1. Ni modos mis estimados filósofos….San Narciso es el futuro y la IA es su profeta…¿No querían acaso dejar de trabajar? ¿crear? Basta con alimentar a la entidad con información y listo…el factor humano eliminado…agradezcan a su infinita deidad…amén / like….Mi otro Yo que se cree un iluminado…besos al vacío desde el vacío

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