¿Generoso o tonto?

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La generosidad es una virtud, una cualidad de excelencia moral. Consiste en la actitud interiorizada, en el hábito en sentido aristotélico, de dar a quien pide o necesita. Sin embargo, en cuanto en el acto de dar y recibir intervienen dos individuos, esta generosidad puede convertirse en algo poco dañino para el dadivoso.

Ser generoso puede convertirse en poner en riesgo la propia subsistencia, si de producen contingencias no esperadas, pero que como tales son posibles. Así, cuando quien por ethos se desprende de lo que está en condiciones de ofrecer, puede acabar sintiendo que se abusa de su disposición sin tener en cuenta su situación. La cautela que muestra ante nuevas demandas es un gesto espontáneo de alerta que puede acabar volviéndose en su contra; como si los otros te percibieran como el que da sin límites, cuando, es obvio que, todos tenemos nuestros límites.

De esta manera el generoso se ve sometido a una presión por exceso de demandas ajenas que lo pone en el brete de temer por la propia estabilidad económica. Le asaltan sentimientos de culpa por mostrarse reticente, por la actitud del demandante ante las prevenciones que el dadivoso manifiesta, y el intercambio de palabras desvela sentimientos de rabia en aquel que mientras sabe que puede, ayuda.

¿No debería el que solicita apoyo calibrar la situación en la que deja a la persona que no escatima, teniendo en cuenta lo que ya está dando? Quizás debería, pero no es lo que acostumbra a suceder.

En tales circunstancias, la generosidad se vuelve un bumerán dañino para quien con su buena voluntad ayuda hasta donde puede. Es como si el generoso, en definitiva, acaba siendo tonto o lo toman por tal. De bueno, tonto.

Finalmente, se dispara la angustia por los compromisos económicos que asume, sabiendo que si se dan ciertas contingencias se puede llegar a encontrar en una situación muy delicada. Siente que la independencia económica por la que ha luchado toda su vida ha quedado hipotecada. Esa autosuficiencia que deseaba para no quedar nunca en manos de otro.

Sin embargo, quien demanda no toma en consideración estas posibles circunstancias, porque desestima con muy poco realismo que no pueda asumir sus compromisos. ¿Podría darse esa circunstancia? Si es posible, puede darse. Así que quien actúa con generosidad se siente de repente desprendido de su propia autonomía, y encima seguramente juzgado.

Tal vez, la actitud de desentenderse de las necesidades ajenas que adoptan otros sea la más inteligente. Ya nadie le pide, porque saben que no da, y si aceptan que es así, acaba recibiendo el mismo trato que el quien siendo generoso no ha sufrido por su propia situación hasta que las demandas han sido excesivas.

Paradojas de la condición humana. Esperamos de los otros consideración y disponibilidad, sin embargo, no adoptamos ante ellos la misma actitud, convencidos de que no incumpliremos nuestra parte del trato porque no sucederá lo peor que pueda darse, aunque sea posible. El generoso se queda con la culpa de haber puesto reticencias, y posteriormente con la rabia de pensar que piden sin tener en cuenta al que da.

Es cierto que todos, unos y otros pueden dar lo que tienen de diferentes maneras, no todo pasa por un apoyo económico, y ser generosos también. Y hacer grandes gestos que los ensalzan por el sacrifico que comporta. Sin embargo, todos podemos por inercia acudir al de siempre, sin tener en cuenta que quizás se halla en el límite de lo que puede ofrecer.

Algo has hecho mal, objetan otros al generoso que se queda en una situación delicada, argumentando que si te piden a ti es por algo. Y quien de bueno, tonto, se le queda aún más cara de tonto, y se replantea ¿soy generoso o cómo debería calificarse mi actitud?

Decía el maestro Schopenhauer:

«Qué hermoso sería un mundo en el que la verdad no pudiera ser paradójica, donde la virtud no conllevara sufrimiento alguno y en el que la belleza fuera aplaudida»

Schopenhauer, A, «Parábolas y aforismos» recop.de Carlos Javier González Serrano. Alianza Editorial 2018

Es decir, que el mundo es un lugar paradójico porque la virtud lleva al sufrimiento y esa virtud como belleza suprema no es reconocida por nadie. Con lo cual el virtuoso es aquel que sufre por su propia virtud y, además, acaba siendo tratado como quien nunca ha actuado virtuosamente. Paradojas que abren heridas que nadie cura.

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