El hecho de hablar de salud mental constituye una cierta retórica que elude el grado de enfermedades o trastornos mentales que están recopilados estadísticamente, actualmente. ¿Quiere esto decir que nuestra sociedad está más enferma que anteriores comunidades políticas?
Hay varios factores que habría que considerar para dar una respuesta aproximada a esta cuestión. En primer lugar, la psiquiatría ha evolucionado mucho en las últimas décadas, lo cual implica que disponemos de más conocimientos para detectar o no enfermedades mentales. Sin embargo, la cuestión de qué es una enfermedad mental exige un patrón de normalidad que encuadre a los individuos en conductas conformadas con las normas sociales, las costumbres y los hábitos. Cualquier criterio de normalidad es siempre discutible, aún más en una sociedad que reivindica la diversidad y singularidad individual. En este sentido, la psiquiatría puede saber más de nuestro cerebro-psique, pero siempre con relación a un patrón impuesto de normalidad, que en última instancia regula las relaciones sociales y ejerce una presión sobre los individuos.
Así, y entramos en el segundo factor, se está produciendo un fenómeno denunciado por los mismos psiquiatras de sobrediagnóstico que deja un margen muy estrecho a “lo normal”. A éste le corresponde un abuso de los psicofármacos que están operando como las drogas legales para soportar la herida de vivir, más aún si tenemos en cuenta que la sanidad pública desatiende a los pacientes diagnosticados con patologías mentales, y es el mismo médico de familia el que hace el seguimiento de la medicación. Las terapias en la sanidad públicas, que sabemos que son lo que repara y no la medicación, brillan por su ausencia, ya que visitas con un psicólogo cada dos o tres meses nadie, con criterio médico, puede considerarlo una terapia. Lo dicho legitima mi observación inicial de que hablar de salud mental solo podría hacerse cuando las enfermedades mentales estén bien atendidas por la sanidad pública, y tenga sentido hacer prevención. Quizás d entrada valdría más invertir en la mejora de los que ya sufren a chorros por sus patologías.
Un tercer factor, nada menospreciable, es recordar lo ya constatado por muchos sociólogos, filósofos, etc. y es que la sociedad que habitamos es hiperveloz, líquida, autoexigente, competitiva y excluyente. Es decir, estamos inmersos en una vorágine en la que el tiempo siempre es escaso y la premura con la que seamos capaces de llevar a cabo nuestras responsabilidades marcarán un cierto rango de satisfacción o no, porque seremos más competitivos y, por supuesto para serlo, debemos hacer las cosas mejor que los otros. Una especie de lucha por la supervivencia, que por otro lado carece de un sentido dado, de una liquidez de los valores y principios. El capitalismo neoliberal nos exige mucho y provoca que introyectemos esta exigencia hasta el punto de que si no cumplimos con ella podemos sentirnos excluidos, menospreciados y abandonados en la cuneta.
Una sociedad de este tipo no facilita la salud mental de nadie, sino que la merma día a día. Además, los cambios en la estructura social, el acceso a las tecnologías digitales y la diversidad de culturas, etnias que conviven en las sociedades actuales implican un cambio de escenario sustancial respecto de la sociedad anterior, que aún no hemos sabido integrar, gestionar y permitir que funcione con fluidez. Estamos sobrepasados por la rapidez de los cambios que se producen en nuestro entorno y no hemos sido capaces de metabolizar los nuevos contextos.
Además, las sociedades globalizadas nos han aproximado más a los otros, lo cual supone que nuestra percepción del mundo es más fiel o ajustada, sobre todo respecto de la cantidad de conflictos bélicos y muertos, catástrofes naturales, pobreza y miseria de muchos países expoliados por las potencias europeas. Nuestra cosmovisión es más realista, pero mucho más desalentadora, ya que la confianza en el humano se menoscaba cada vez que tomamos conciencia de lo que somos capaces de hacer.
Sabido es que se suelen relacionar épocas concretas con enfermedades mentales determinadas. Tal vez, lo que cambia es solo la denominación, o por el contrario es verosímil que el entorno genere de manera más abundante unas enfermedades que otras.
En cualquier caso, lo raro es no tener una enfermedad o trastorno mental, dadas las circunstancias -aunque los factores genéticos también influyan, según se dice-, porque lo tremendamente difícil es adaptarse a las exigencias de sociedades como las que hemos descrito, y ser, por ende, “normal”. A lo peor, la normalidad es el criterio nuclear de lo patológico, porque qué humano puede adaptarse a esta selva civilizada en exceso.
La voluntad del escrito es destacar la necesidad de facilitar un tratamiento adecuado a cada paciente, cuestión que resulta quimérica, y sospechar que se dedique un día a la salud mental, en lugar de a la enfermedad mental, porque la cuestión urgente ahora no es la prevención, sino el abordaje terapéutico de los millones de personas que están afectados por estas enfermedades invisibles. No las invisibilicemos más.
En consecuencia, luchemos, demandemos y exijamos una sanidad pública que se ocupe de estas enfermedades con seriedad, cosa que no ocurre.
