De la impotencia a la indiferencia.

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Estamos seducidos por el plácido aroma de no saber, no tener conocimiento, ni noticia alguna de cuanto sucede en nuestro entorno menos próximo. Nos refugiamos en el átomo de nuestro núcleo, y procuramos que la calma prevalezca. No deseamos sufrir más, con ese padecimiento inútil que produce la impotencia.

Después de todo ese es el problema, la sensación subjetiva de ser una macropartícula insignificante en un universo planetario que nos excede. Y, sin darnos cuenta, caemos en la indiferencia que supone un desprecio del dolor ajeno. En una conferencia hace unos días, la monja popular en Catalunya, al menos, afirmaba que “hemos globalizado la indiferencia”, en un intento de describir o explicar qué nos sucede.

Personalmente, matizaría su sentencia manifestando a gritos que lo que hemos globalizado es la impotencia. Y esto ha sido posible por la cantidad de sucesos geopolíticos que nos han demostrado que habitamos -como sostenían los contractualistas- un estado de relaciones en el que prevalece el poder del más fuerte. Y el más fuerte es aquel que teniendo más poder económico “compra” a otros con menos poderío para que se sumen a su cruzada personal. Los discursos, obviamente, disfrazan la realidad, pero el auténtico sentimiento que nos corroe no es que no sentimos, sino que sentimos sin poder alguno, es decir sufrimos de impotencia.

La idea de que cada uno en su comunidad política puede producir cambios seduce a pocos. Vamos poniendo parches a problemas sin el apoyo, inclusive, de los gobiernos más próximos.  Es como si viviésemos una pesadilla enredadísima en la que nadie encuentra el ovillo del que tirar, y la desesperanza, el miedo por la propia subsistencia nos atenaza.

Es casi imposible cambiar la dinámica del mastodonte político-económico que tenemos delante. Acciones reducidas y de pocos no llegan a buen puerto. La única posibilidad es que nos unamos con coraje contra tanto desatino, y colectivamente podamos presionar y ejercer una influencia en lo que acontece como resultado de la voluntad de unos pocos. El problema es que nos cansamos. Nos olvidamos de Palestina, de Ucrania, de la crítica situación de hambre y muerte en la que viven muchas personas que deciden, jugándose la vida, emigrar a otros continentes. Los poderes aciertan cuando ante manifestaciones ciudadanas no hacen ni caso porque saben que nos cansaremos, y que volveremos a nuestro redil de comodidad. Siendo los europeos y muchos otros los que estamos en condiciones de sostener una lucha pacífica persistente, sin decaer. En Irán han muerto miles de personas por la revuelta popular que desea derrocar a los que llevan tanto tiempo en el poder. A pesar de todo, las revueltas siguen, aunque con más prudencia.

Podemos elegir entre indiferencia o impotencia, o, por el contrario, por la implicación activa, pero al no afectarnos directamente nos cuesta “movernos”. No lo hacemos ni por el escándalo de la relación sueldos/viviendas; sueldos/coste de la vida; estado precario de los medios de transporte; el aumento de la delincuencia; No salimos en tromba convencidos de que hay mínimos que hasta que no se establezcan no hay que abandonar, huelgas generales indefinidas que afecten a todos, a los que más tienen -con diferencia, también-.

Nos falta coraje y convicción y dejar de globalizar lo que nos inmoviliza, porque seguramente sea lo que buscan los que dominan, que acabemos aturdidos, desorientados y sin saber qué hacer, más que seguir parados. Porque las palabras sirven ya de muy poco, hay que recuperar el poder del diálogo y para ello previamente tenemos que actuar generando preocupación en los que dirigen el cotarro. No hay otra, y si la hay y la conocéis os invito a propornerla.

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  1. Sí, es lo que dices: hay que mantenerse en la lucha diaria, seguir en la calle; que cada concentración pro las causas que nos conmueven y enfurecen sea un bullicio ensordecedor. ¿Que somos pocos/pocas…? Ya llegarán más en las siguientes. Sobre todo no reblar (como decimos en Aragón), no volver hacia atrás. Porque poco más queda.

    Salud.

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