La corrupción política no es un tema menor en Democracia; al igual que no lo es que pueda hacerse uso del poder judicial como arma política. Ambas lacras están presentes en muchas democracias, el Estado Español es un ejemplo -al margen del partido que gobierne, que en este caso siempre ha sido PSOE o PP-. También es grave cómo el poder judicial no puede domeñar al presidente en EUA, como si éste último haciendo lo que quiere, resulta ser casi intocable. La separación de poderes de la que se puso en muchos momentos como modelo la democracia americana ya no está garantizada. Podríamos ir mencionando los grandes agujeros de cada una de las democracias que existen.
Así, si la democracia representativa, forma de gobierno, ya era problemática como auténtica materialización de las democracias, sumado lo expuesto anteriormente, diría que las democracias se han convertido en una batalla en la que todo vale si convence y se consigue manipular a la opinión pública -siempre manipulada, o inexistente diría yo con esa terminología-. ¿Es posible lograr una democracia creíble? Tal vez a estas alturas, como forma de gobierno, no.
Aunque mostremos cómo la democracia puede emerger en la praxis de los ciudadanos y que sean ellos que desde la raíz eleven el espíritu democrático ¿qué pasaría en el momento en el que hubiese que constituir un poder representativo de esa democracia popular? Seguramente lo que ya ha sucedido: el poder malea, corrompe y salpica a quien ya llega con las manos sucias y a quien teniéndolas pulcras cree que se podrá mantener así.
Lo más grave es ¿Qué formas de gobierno alternativas hay que respeten los derechos civiles y básicos de los ciudadanos? El silencio como respuesta. Cierto es que esperar que una institución humana sea perfecta es de ignorantes, pero constatar cómo la política se convierte en el negocio de algunos para enriquecerse, y utilizan cualquier medio a su alcance para lograrlo, es para cuestionarse las condiciones en las que puede ser posible una democracia. Y tener, por cierto, serias dificultades en identificarlas.
En Occidente habíamos idolatrado la democracia como si fuese la panacea, la lección aprendida es que en la materialidad de las sociedades humanas no hay formas únicas de organizar la sociedad que garanticen la justicia, la libertad y la igualdad.
Faltos de ideas, exhausta la creatividad, es casi imposible imaginar una manera de convivencia que regulada por normas sea capaz de no someterse a los imperativos del capitalismo, que cercenan la posibilidad de justicia, igualdad y, por ende, libertad. Solo en estados empíricos pueden irse modulando los gobiernos democráticos para reconvertirlos en sistemas más auténticos y participativos de los ciudadanos. Desde nada, no es factible que surjan nuevas maneras de organización político-social que sean más satisfactorias para todos. Hay que partir de las ruinas, como diría Zambrano.
