La batalla por la libertad dura tanto como la vida de cada sujeto que se esmera en conquistarla. La libertad exige un estado de alerta permanente, si no queremos sucumbir a ligaduras invisibles que hagan fallida nuestro anhelo. Lo que nos somete no es lo evidente, explícito y obvio, sino por el contrario aquello que parece no ser, que no está ni ausente -porque si lo percibimos así, implica que es o ha sido-. Es, en esa amalgama de amarras inconcebibles, cuando nos precipitamos a la esclavitud, a la pérdida de libertad. Esta forma de no libertad se presenta como la más peligrosa ya que pocos la ven, creen ser libres, aún estando subyugados por lo imperceptible que se disfraza de solidaridad, compasión o generosidad.
Cierto es que un estar alerta, semejante, nos conduciría a un estado de ansiedad casi paranoica. No podemos obsesionarnos por la libertad y descuidar otros aspectos nutricionales de los humanos, porque acabamos locos, o más locos, aún.
Así, siendo la libertad condición necesaria para crear la propia vida, no es suficiente, porque si no velamos por nuestra interconexión con los otros, por lo ético y lo político, la libertad será un espejismo del delirio provocado por la obsesión.
En consecuencia, ser libres supone estar dispuestos a serlo con otros -aquellos que lo deseen-. Y este matiz que se ha incluido, respecto del deseo de ser libre, no es menor, ya que no todo sujeto desea ser libre y eso podemos aprehenderlo en ese terreno en el que rebuscamos nuestras propias cadenas imperceptibles.
«Se llama espíritu libre a aquel que piensa de modo distinto de lo que de él se esperaba en razón de su origen, de su medio, de su estado y de su cargo, o en razón de las opiniones dominantes de su época».[1]
F. Nietzsche “Humano, demasiado humano” aforismo 225. Editorial Bedout: Bogotá.
[1] Para comprender mejor la cita, una sugerencia https://www.revistacoronica.com/21021/08/demasiado-nietzsche.html
