Aquel que deambula por su existencia sometido al deseo de los otros, o, en otros términos, sintiéndose obligado a atender a las necesidades ajenas, acaba descuidando su propio deseo y viviendo una vida que no le es propia.
Tras ese periplo es difícil cambiar la manera de estar con los otros, ya que estos convierten en exigencia lo que debería ser leído como generosidad. Cierto es que esta supuesta “generosidad” debe ser analizada con profundidad y que responde a sentimientos de culpabilidad y a exigencias propias desmedidas. En cualquier caso, quien recibe los beneficios de esta forma de actuar lo que no puede es volverse un ingrato, fulminar de un plumazo todo lo acontecido y convertir al supuestamente “generoso” en el monstruo mayor de la historia.
Todos actuamos por motivos que desconocemos, pero que hemos incorporado por la biografía individual. Las desconocemos en la medida en que las revestimos de obligación moral y de exigencia que no puede ser negada. Sin embargo, a estas personas se las puede tildar de poco sujetas, poco fortalecidas y viviendo en un engaño que las perjudica, pero nunca poner en duda sus intenciones.
Obviamente, el decurso de los acontecimientos no reparte equitativamente nada. Si no, al contrario, estas acciones que se han llevado a cabo durante prácticamente toda la vida pueden volverse en contra cuando por una sola vez se prioriza el propio deseo. Entonces se desata la tormenta, caen rayos y truenos sobre esos ingenuos que creían hacer lo que debían, y se dan cuenta que su forma de actuar con los demás ha contribuido a que los instrumentalicen.
Más vale, aprender tarde que nunca, aunque sea doloroso.
