Tan difícil es mantenerse neutro, que casi acaba siendo pasivo, en medio de un tironeo polarizado, como inmóvil bajo un tornado.
Autor: Ana de Lacalle
Quien se escuda en el destino, amaga su cobardía y elude su responsabilidad.
Vives porque respiras. Viendo lo obvio, decides vivir –dando por supuesta la respiración- desplegando esas capacidades que te otorga la propia autoconciencia. Observas, analizas, valoras y obtienes opiniones sobre el mundo –el yo y la alteridad- a partir de las cuales surge la motivación para realizar algunas actuaciones. Pero, frente a ti otros no olvidan
Buscamos una forma de huida, discreta e invisible, pero cuando iniciamos el gesto pasamos de ser ignorados a delatados públicamente. ¡Qué sentir más confuso ese de vivirse ninguneado y descubrirse tremendamente vigilado!
Las leyes y su aplicación no son siempre justas. Hay muchas que nos parecen absurdas, parciales, incluso arbitrarias. No obstante, la única garantía que poseemos de que una sociedad funcione, como organización de individuos, es el respeto y el cumplimiento de la ley. Aun así, la discrepancia entre la legitimidad y la legalidad es un
La conciencia humana es, sin duda, el origen del mal.
Dice el refrán “quien mal anda, mal acaba”, quizás su adaptación a la época sería: “quien anda ciego de empoderamiento, se empotra” o “quien anda sin mirar qué pisa, le acaba envolviendo el olor a mierda”. O aun más refinado, «quien anda sin precaución, se hunde en lo escatológico»
Sentirse solo es un doloroso aislamiento emocional, pero estar solo es, además, un ostracismo social difícil de calibrar si quien lo vive se lo merece.
Un ser hecho de paja se desmorona con tan solo el viento otoñal. Recubriendo una estructura frágil, que no le es propia, cada brizna ocre sin capacidad de resistencia, desmantela con su fugacidad la triste figura que cubría. Ese casi “ser” efímero de paja.
Destilar sucesos indebidos, no es una catarsis reparadora por ya acontecidos. A lo sumo, es el consuelo de quien se concibe víctima impagable de agravios sufridos. Pero, ¿para qué dar eternidad a lo que el tiempo tiende a matar? Mejor dejar que el rastro de lo añejo se disuelva necesariamente, y que ese tránsito se