El tiempo es un constructo revalorado en la era digital, en cuanto sus posibilidades de fragmentación y manipulación se multiplican. Obviamente, la concepción cultural también queda dinamitada.
Excede de nuestro manto externo tanta impostura y política de corrección que puestos a rebuscar no sabemos qué restará de nosotros.
La soledad es la sombra que nos persigue, de la que no podemos zafarnos, y que con su presencia umbría nos recuerda que solo nos quedará ella.
Revoleteo de mariposas sin alas, ríos crecientes sin agua. El acontecer cambiando la apariencia de cuanto conocíamos de la naturaleza, es altamente impactante. No es así con lo humano, suceda lo que sea disponemos de justificación.
Voces que declaman en silencio la atrocidad de la injusticia: rostros negros o cenizos, miradas que no pestañean porque no tienen nada que ocultar.
Clarea el cielo, cesa la lluvia despunta el sol; pero hay tormentas que no se despejan con esa sabia cadencia, sino que faltas de logos que las torne comprensibles continúan convulsas, amenazantes y casi infinitas.
“Hay puertas que no se pueden cerrar de un portazo” Handke
Desgastada la vida ¿para qué enzarzarnos contra la natural decadencia de lo que ya no puede subsistir? La mente se extravía por los recodos complejos del tiempo. El cuerpo reclama su derecho a decrecer. Somos necios hasta para aceptar la evidencia de nuestra naturaleza finita.
Si el fin justificase los medios, el único fin en sí mismo podría ser el humano –como dijo el maestro Kant-, cualquier otro fin es deleznable en cuanto acaba usando al ser humano como medio.
Apelar al sentido común es el recurso de quien se quedó sin argumentos. No hay común forma de razonar cuando las emociones se han desparramado por la cadena de argumentaciones. Incapaces de lo que constituye un diálogo, y no dos monólogos de sordos, acuden al sentido común tal cual, como si hubiese algo de tal